En las costas de Manta y Jaramijó, el paisaje marítimo cambió sin que muchos se dieran cuenta. Hace menos de tres décadas, las velas formaban parte cotidiana del horizonte. Hoy, en su lugar, dominan los motores fuera de borda y las lanchas de fibra. El cambio no fue abrupto ni forzado: fue práctico. El motor llegó con velocidad, eficiencia y la promesa de llegar más lejos en menos tiempo. Y los pescadores, naturalmente, lo adoptaron.

Washington Mero tiene 71 años y conoce bien ambas épocas. Empezó a pescar cuando era apenas un adolescente, como se hacía antes: aprendiendo en el mar y no en los libros. Fue a la escuela, pero su verdadera formación estuvo en la canoa. “Mi estudio era la pesca”, dice, sin dramatismo. A los 12 o 13 años ya salía a faenar con los mayores, en canoas de madera donde iban tres hombres rumbo a zonas cercanas frente a las costas de Jaramijó.

Salida en la madrugada

Las jornadas eran cortas. Salían a las seis de la mañana y regresaban antes del mediodía. El pescado era abundante y variado: pargo, bonito, albacora. No hacía falta ir muy lejos ni pasar muchas horas en el agua. Washington nunca se mareó y nunca trabajó en grandes barcos. Su espacio siempre fue la pesca artesanal, primero en canoa y luego en bonguitos a vela.

Durante años, el bote de vela fue una herramienta eficiente. “Con viento, el bote camina duro”, explica. Y cuando no había viento, simplemente se esperaba. No era una limitación grave, sino parte del oficio. Pero esa lógica empezó a cambiar en los años noventa, cuando el motor se volvió accesible y común. La fibra reemplazó a la madera y la pesca se aceleró.

El motor ofrecía algo difícil de rechazar: el control del tiempo. Ya no se dependía del viento ni de las corrientes. “Es como un carro”, resume Washington: si no se daña, va y vuelve. Poco a poco, los bonguitos fueron quedando fuera de uso. Hoy quedan muy pocos en la zona, más por costumbre o falta de recursos que por elección.

Después del terremoto dejó de pescar

Washington dejó de pescar después del terremoto de 2016. Desde entonces, el escenario cambió aún más. El pescado se volvió menos predecible y la inseguridad en el mar aumentó. Los asaltos y la presencia de piratas hicieron que muchos pescadores decidieran no salir. Sus hijos tomaron la misma decisión. Ya no pescan.

La familia encontró otra forma de mantenerse vinculada al mar: ahora se dedican a reparar lanchas de fibra. Washington arregla cascos dañados. Es un oficio distinto, pero conectado al mismo entorno.

Su bonguito a remo, de unos treinta años, sigue ahí. No como símbolo romántico, sino como una herramienta que ya no es necesaria. Si alguien lo necesita, lo vende. Sabe que los tiempos cambiaron. En Manta y Jaramijó, el viento ya no manda. Ahora mandan el motor, el riesgo y la capacidad de adaptarse.