Laura Macías tiene 68 años y ha pasado 45 viviendo en Alhajuela. Nació allí, entre montañas y caminos de tierra; desde niña aprendió a distinguir cuándo la lluvia era pasajera y cuándo traía problemas. Pero nada la preparó para la noche del 2 de abril de 2002.

Ese día había sido normal. El cielo estuvo gris y, aunque en el pueblo la lluvia no era intensa, en las montañas caía con fuerza. Al caer la noche, cerca de las seis, comenzaron los ruidos. No eran truenos ni viento: era un sonido profundo, como si la tierra se partiera desde adentro.

"La gente corría de la quebrada hacia arriba", recuerda. Gritaban que cerraran las puertas, que la quebrada Alhajuela venía arrasando con todo. Laura estaba en su casa cuando escuchó el alboroto; apenas tuvieron tiempo de asegurar lo que pudieron.

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El lodo y la palizada cubrieron varios sectores de la parroquia. - Cortesía

La noche del desastre

Desde la parte alta vio avanzar una masa oscura. "Era como un mar", dice. Un mar de lodo, árboles y piedras que bajaba con una fuerza imposible de detener. La corriente tumbaba paredes, arrancaba puertas y arrastraba todo a su paso. En minutos, las calles se convirtieron en un cauce descontrolado.

Parte de su casa fue destruida. El lodo entró, cubrió los pisos, desplazó muebles y dejó todo bajo una capa espesa. Afuera, el mercado quedó sepultado. Las tinas, cocinas y neveras se las llevaba la corriente como si fueran de papel. Catorce casas fueron arrasadas y 33 más quedaron en estado crítico. Nunca antes había sucedido algo así en Alhajuela, parroquia rural de Portoviejo.

Esa noche no durmieron. Dejaron la vivienda y buscaron refugio en casa de un vecino. El ruido del agua y de los troncos golpeando seguía retumbando en su memoria.

Al amanecer intentaron volver, pero el lodo les llegaba a la cintura. Durante ocho días no pudieron entrar a su casa. Laura se trasladó a la ciudadela donde vivía su hermana; sus hijos eran pequeños y había que mantenerlos a salvo, aunque el miedo también viajara con ellos.

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La palizada llegó hasta el mercado, - Cortesía

Después del lodo

Recuerda a una mujer que regresaba del trabajo cuando la corriente casi la arrastra. Una palizada la llevaba río abajo, pero logró sostenerse de un poste. "Gracias a Dios se salvó", repite. Muchos vecinos, sin embargo, lo perdieron todo y se marcharon. Algunos migraron a Santo Domingo, otros a Guayaquil; familias enteras que ya no regresaron.

Al día siguiente llegó la maquinaria. Poco a poco despejaron las calles para poder caminar entre el barro. Pero el daño no fue solo material. Antes del deslave, Alhajuela era un pueblo activo, con un comercio fuerte. Después, la economía se debilitó. "Ya no es el de antes", dice Laura.

Ella nunca pensó en irse. "Es mi casa", afirma con seguridad. Desde entonces, cada lluvia fuerte despierta un recuerdo que no se apaga. Aunque el encauzamiento de la quebrada trajo algo de tranquilidad, la memoria sigue viva. 

La noche del deslave marcó a Alhajuela para siempre, pero también dejó algo más fuerte que el lodo: la decisión de quedarse y seguir adelante.