La neuropsiquiatra Amanda Céspedes sostiene que la violencia en el entorno educativo no es un fenómeno escolar, sino social, que ingresa a las aulas desde el exterior. Durante un reciente análisis sobre la materia, la especialista explicó que este problema se manifiesta en los centros de enseñanza porque la escuela es el escenario donde se expresa un malestar gestado en la estructura de la sociedad.

Por ello, propone transitar de medidas punitivas hacia un enfoque de salud pública basado en niveles de prevención, con el fin de atacar las raíces del comportamiento agresivo y no solo sus consecuencias.

Desarrollo: Los tres niveles de la prevención social

Para abordar esta problemática de manera efectiva, es imperativo comprender la jerarquía de las intervenciones. Según el planteamiento de la experta en una entrevista en  CNN Chile, la prevención terciaria se aplica cuando el conflicto ya está instalado. Un ejemplo de esto es la prohibición del uso de dispositivos móviles o las rehabilitaciones por consumo de sustancias. En estos casos, las tasas de recaída suelen ser elevadas debido a que se actúa sobre el síntoma final y no sobre el origen del daño.

Por otro lado, la prevención secundaria busca intervenir antes de que las conductas disruptivas se transformen en cuadros de violencia crónica. Este nivel incluye programas de convivencia escolar y el desarrollo de habilidades socioemocionales. No obstante, se identifica una fractura en la articulación entre el hogar y la escuela, sumada a una falta de sistematización en los colegios que impide realizar un seguimiento adecuado de los resultados obtenidos en estos programas.

El eje central de cambio, no obstante, reside en la prevención primaria. Esta implica una transformación cultural profunda que debe ocurrir antes de que el niño ingrese al jardín infantil. Requiere un trabajo intersectorial que identifique los focos de daño en la estructura social, incluyendo desde el diseño de ciudades más amables hasta leyes laborales que garanticen la corresponsabilidad parental y el tiempo efectivo de cuidado.

El impacto del encierro y el rol de la familia

El contexto actual muestra una estadística alarmante sobre la salud mental infantil: hace décadas, los menores pasaban un 71% de su tiempo libre al aire libre, mientras que hoy esa cifra ha descendido a un rango de entre el 5% y el 10%. Este sedentarismo y encierro impactan directamente en el equilibrio emocional de los estudiantes, exacerbando cuadros de ansiedad o irritabilidad que luego se manifiestan en el aula.

En el ámbito familiar, la prevención primaria se enfoca en promover una parentalidad respetuosa. Un niño que posee un vínculo sólido y una comunicación verdadera con sus cuidadores cuenta con una protección emocional significativa. Sin embargo, este proceso se ve obstaculizado por adultos que han crecido en entornos con altas tasas de violencia infantil y que hoy enfrentan exigencias laborales extremas, limitando su capacidad para cultivar vínculos profundos.

Salud mental docente y reforma del sistema

La situación dentro de las instituciones educativas es igualmente compleja. Se estima que más del 60% de los estudiantes y trabajadores presentan problemas de salud mental. Los docentes, en particular, enfrentan un diseño educativo que prioriza la burocracia y los contenidos académicos por encima de la gestión emocional, lo que genera un desgaste profesional sistemático.

La propuesta técnica sugiere una capacitación docente orientada a la detección de psicopatologías tempranas. Esta competencia no solo favorece al alumno afectado, sino que mejora sustancialmente el rendimiento académico y el clima general del grupo. Bajo la premisa de que "los árboles caídos también forman parte del bosque", se invita al magisterio a observar las crisis estudiantiles con compasión, evitando recurrir de forma inmediata a la expulsión o el castigo punitivo.

Pensamiento crítico y compasión como herramientas

Para la construcción de una sociedad menos violenta, se identifican dos pilares esenciales: el pensamiento crítico y la compasión. El primero debe fomentarse desde la educación básica para que los jóvenes aprendan a buscar fundamentos antes de emitir opiniones o actuar por impulso. El segundo, la compasión, tiene una base neurobiológica que debe activarse antes de los siete años para evitar el desarrollo de conductas egoístas.

Es fundamental distinguir la empatía —la capacidad de sintonizar con el sufrimiento ajeno— de la compasión, que es la voluntad de actuar para ayudar al otro. Si esta fuerza no se cultiva tempranamente, el individuo tiene mayores probabilidades de crecer con una carencia afectiva estructural. La solución a la violencia no reside únicamente en leyes o prohibiciones, sino en recuperar el concepto de que "para criar a un niño se necesita una tribu".

Finalmente, el análisis subraya la necesidad de someter a juicio los prejuicios heredados y abrazar la corresponsabilidad social. La violencia se combate entendiendo que cada interacción cotidiana, ya sea en el hogar o en el espacio público, es una oportunidad para acompañar el florecimiento de las infancias. La clave para una sociedad pacífica reside en la transición de una cultura del castigo a una cultura del cuidado y la prevención integral. (10).