Mario Tapia tenía las manos ocupadas desde niño. En los recreos de la escuela hacía trompos; en casa, horquetas para cazar pájaros. "Con vidrio raspaba las piezas", recuerda. No había herramientas, pero sí paciencia.
Todo cambió cuando apareció Giovanni Onore, un misionero marianista y biólogo que llegó a su comunidad buscando insectos, ranas y culebras. Allí encontró a un niño talentoso y le hizo una invitación sencilla, casi improbable: ir a Quito por una semana. Le puso tres condiciones: no robar, no mentir y no beber.
Los padres de Mario aceptaron. Fue así como dejó su casa en San Francisco de las Pampas, en el cantón Sigchos (Cotopaxi). Esa semana, sin embargo, nunca terminó.
En Quito, Mario conoció otro mundo. Fue inscrito en el colegio y empezó a vivir con Onore. Pero el verdadero descubrimiento no fue la ciudad, sino un montón de madera de balsa acumulada en una esquina. Con un cuchillo de cocina empezó a tallar animales.
"Hacía tareas hasta las once, pero con la balsa me quedaba hasta las cuatro de la mañana sin sueño", cuenta. Ahí entendió algo: el tiempo desaparece cuando haces lo que amas.
De la madera a la disciplina italiana
Un grupo de turistas cambió su rumbo por segunda vez al comprar sus pequeñas esculturas. En lugar de dinero, Mario pidió pinturas. Al mes siguiente, llegó un paquete con pinceles y colores de alta calidad; era su primer reconocimiento, silencioso pero decisivo.
Onore, consciente de que Mario era especial, lo inscribió en la escuela Bernardo Legarda, donde aprendió las técnicas coloniales de la Escuela Quiteña: tallar madera sin lijas y dar vida a figuras religiosas mediante métodos ancestrales, como el uso de vejigas de borrego para suavizar la pintura. Todo sumaba: disciplina, precisión y respeto por el oficio.
A los 22 años, el destino volvió a empujarlo. Onore viajó a Italia y le consiguió un cupo en la Academia de Carrara. "Debes trabajar el mármol; la madera se la comen las polillas", le dijo. Y lo dejó allá, con un boleto de regreso y una frase que todavía pesa: "Todo lo que pude hacer por ti, lo hice con amor".
El reconocimiento y el regreso a casa
Mario no sabía italiano, no tenía amigos y sentía miedo, pero aprobó. En Carrara estudió escultura durante cinco años y luego pintura. Se convirtió en un escultor reconocido, abrió su propio taller y trabajó con mármol, granito y cuarzo durante más de treinta años.
La obra que lo proyectó al mundo fue un encargo monumental: una escultura de Santa Marianita de Jesús para la Basílica de San Pedro, en el Vaticano. Cinco metros y medio de altura y un año y medio de trabajo le abrieron las puertas a una carrera internacional.
Sin embargo, a pesar del éxito global, el mar de Ecuador lo llamaba. Tras años de soñarlo, una mezcla de oportunidades y amor lo empujó de regreso. Hoy vive en El Aromo, zona rural de Manta. Llegó con una maleta y una nueva misión: enseñar.
Sembrar arte en Manabí
En este retorno nació su deseo de formar jóvenes escultores y ofrecerles el arte como un oficio real. Ya han llegado estudiantes a su taller. "Me da tristeza cobrarles", confiesa sobre su labor pedagógica.
Gracias a un encuentro fortuito en 2023 con el rector Marcos Zambrano, Tapia estrechó lazos con la Universidad Eloy Alfaro de Manabí (ULEAM), institución que impulsó el primer simposio de escultura en Manta.
La universidad le ha abierto las puertas para que sea profesor de escultura. Tapia tiene 58 años y ha participado en más de 40 simposios en el mundo. Pero este, en su país, tiene otro peso.
"No sé cuánto tiempo me quedaré", admite. Tiene el espíritu inquieto, acostumbrado a viajar. Pero, mientras esté, quiere dejar algo: un taller, una escuela, una semilla. Como aquella que un día fue él, creciendo junto al río, sin saber que terminaría esculpiendo eternidad en piedra.