Juan Pablo Trámpuz no encaja del todo en el molde. A sus 42 años, mientras coordina la carrera de Comunicación en la Universidad Eloy Alfaro de Manabí, también insiste en mantenerse en la calle, en el pulso vivo del periodismo.

En un entorno académico donde muchos docentes terminan alejándose de la práctica profesional, él hace lo contrario: busca mantenerse activo, vigente e incómodo incluso.

"Si nos desconectamos, nos desfasamos", dice con la naturalidad de quien ha visto cambiar su oficio en tiempo real. Y no exagera. Para Trámpuz, la comunicación es una profesión en constante mutación, sacudida por la tecnología, la velocidad de la información y los cambios sociales. Lo que se aprendió hace una década, o incluso menos, puede quedar obsoleto en cuestión de años.

Esa conciencia es la que lo empuja a no quedarse solo en el aula. Porque, se pregunta: ¿qué tipo de profesional forma un docente que ya no pisa la realidad? Su respuesta no tarda: uno que no responde a las demandas del presente.

Su visión pedagógica tiene un eje claro: aprender haciendo. Y en esa lógica, el profesor no puede limitarse a explicar; debe practicar. Debe equivocarse, experimentar, producir. "El estudiante lo nota", cuenta. Lo reconocen en la calle, en redes, en sus proyectos. Algunos incluso quieren sumarse a su equipo. Esa retroalimentación, dice, también enseña.

Vocación y realidad

Pero su historia no empezó ahí. Trámpuz creció entre cuadernos de calificaciones. Sus padres fueron profesores y la docencia parecía un destino inevitable. Sin embargo, en el colegio, en medio de un club de periodismo —de esos que hoy intenta rescatar—, descubrió otra vocación: contar historias.

La mezcla no era casual. En su familia también había periodistas. Y aunque las advertencias sobre la precariedad del oficio estaban presentes, eligió lo que le apasionaba. "En la vida uno tiene que hacer lo que le gusta", resume, sin romanticismos.

Porque el periodismo, lo sabe bien, no es como lo pintan. Hay una distancia entre el ideal y la práctica; entre la verdad como bandera y la realidad como campo de tensiones. Lo ha vivido. Lo reconoce. Y lo asume.

Es un oficio complejo, duro, a veces ingrato. Uno que puede dar grandes satisfacciones —como visibilizar problemas o dar voz a quienes no la tienen—, pero también expone a críticas, presiones y riesgos.

En el contexto actual, dice, el periodismo enfrenta un ambiente más hostil que antes. La desconfianza crece, los ataques se multiplican y la línea entre información y poder se vuelve más difusa. Por eso insiste en algo que considera clave: el criterio, el análisis y el olfato. Porque hoy no basta con saber comunicar; hay que saber leer el entorno.

El reto de la tecnología

Esa misma complejidad se refleja en las aulas. Los estudiantes de hoy ya no enfrentan la escasez de información que marcó a generaciones anteriores; ahora el problema es el exceso. Miles de datos, textos y respuestas al alcance de un clic... o de una inteligencia artificial.

Pero eso no hace las cosas más fáciles. Al contrario, las vuelve más desafiantes. Porque sin pensamiento crítico, la tecnología puede convertirse en un atajo vacío. Trámpuz lo ve a diario: trabajos resueltos sin criterio propio, respuestas inmediatas sin reflexión.

Sin embargo, no lo plantea como una amenaza, sino como un reto compartido para los estudiantes y los docentes. "Tenemos que salir de la zona de confort", afirma. Adaptar las formas de enseñar, evaluar y aprender; entender que las nuevas generaciones piensan y se comunican distinto.

"Hablamos de Política"

En paralelo, su faceta de periodista sigue latiendo. Desde sus primeros pasos —como voluntario en los bomberos, donde impulsó un informativo que se publicó en el diario El Mercurio— hasta su paso por radios, medios locales y televisión, Trámpuz ha recorrido distintos espacios de la comunicación.

Hoy, ese recorrido desemboca en un proyecto propio: Hablamos de Política. Un programa semanal que produce junto a su pareja y colegas, y que busca abrir un espacio plural en un escenario mediático marcado por la polarización. La apuesta no es sencilla. Rechaza los extremos y prefiere el diálogo. Quiere entrevistar a actores de todas las tendencias, sin encasillarse; construir un espacio donde se pueda conversar sin etiquetas.

Cada miércoles, a las nueve de la noche, el programa se difunde en redes sociales: Facebook y YouTube. Es un proyecto aún joven, pero cargado de intención. Más que una plataforma personal, es —como él lo define— una construcción colectiva.

Entre la docencia y el periodismo, Trámpuz no elige. Se queda con ambos. Porque en esa dualidad encuentra sentido y, sobre todo, coherencia. En tiempos donde muchos se alejan de la práctica para enseñar, él insiste en lo contrario: enseñar desde la experiencia. Sin soltar la calle. Sin perder el pulso. Sin olvidar que, al final, la comunicación no ocurre en el aula, sino en la vida misma. (10).