A Julissa Loor el día no le alcanza, pero tampoco le sobra. Tiene 32 años, dos hijos pequeños, un consultorio odontológico y un trabajo que empieza cuando otros apenas están terminando: conducir un mixer cargado de hormigón por las rutas de Manabí. En su vida, la precisión de una resina dental convive con el pulso firme necesario para maniobrar toneladas de concreto.
Su historia no empieza en un consultorio, sino en una cabina. Recuerda que, de niña, su padre la sentaba sobre sus piernas para enseñarle a manejar. Él era chofer de volquetas y ese mundo, el ruido del motor, el peso de la carga, el polvo en el camino, se le quedó grabado como una herencia silenciosa. "De ahí nace el amor por estos carros", dice sin rodeos.
A clases en la universidad en una volqueta
Pero eligió primero otro camino: la odontología. Se graduó en la Universidad San Gregorio de Portoviejo y montó su consultorio. Sin embargo, incluso en los años de estudio, nunca dejó del todo la carretera. Mientras sus compañeros llegaban a clases a pie o en bus, ella estacionaba una volqueta cargada afuera de la universidad. Entraba a recibir sus horas de clase y luego regresaba al volante para continuar la jornada.
Era, inevitablemente, la novedad. "No era normal ver una volqueta cargada ahí afuera", recuerda. El guardia la miraba con curiosidad, a veces con complicidad, y le ofrecía vigilar el vehículo. Pero para ella no había nada extraordinario: solo estaba haciendo lo necesario para avanzar.
La vida, sin embargo, le tenía preparada una escena más dura. En 2016, tras el terremoto que golpeó a Manabí, Julissa volvió a manejar con más intensidad. Esta vez no transportaba arena ni ripio para obras, sino escombros de la "zona cero". "Se veían restos de personas", cuenta con una serenidad que no oculta el impacto. Subirse a cubrir la carga significaba también enfrentarse a lo que quedaba de la tragedia.
Después de eso, la odontología volvió a ocupar el primer plano. Los pacientes, los horarios y la responsabilidad de su profesión hicieron que dejara el volante por un tiempo. Su padre vendió casi todas las volquetas. Parecía el final de esa etapa.
Pero no lo fue. El regreso llegó por etapas: primero en una empresa transportando productos agrícolas; luego en otra, moviendo contenedores hacia Guayaquil. Hasta que apareció la oportunidad en Holcim. La llamaron para conducir un mixer, un vehículo especializado en transportar hormigón.
Ahí descubrió que no era solo manejar. "Conducir es lo mismo, pero en conocimiento es muy distinto", explica. El hormigón tiene tiempos, texturas y exigencias. No se trata solo de llegar, sino de llegar bien: con la mezcla en el punto exacto que el cliente necesita. Cada minuto cuenta.
Las mujeres conductoras
Hoy lleva seis meses en ese trabajo y recorre distintos puntos de Manabí. No tiene horario fijo. Su jornada depende de la demanda: cuando el cliente llama, ella arranca. Un día en Manta, otro en Potoviejo.
En la planta donde trabaja son apenas dos mujeres conductoras. Aunque en otras operaciones de la empresa, como en Loma Alta, la realidad es distinta, allí las mujeres incluso superan el 50 % en algunas áreas, el sector de la construcción en Ecuador sigue siendo mayoritariamente masculino: apenas el 3,9 % de su fuerza laboral son mujeres.
Julissa lo sabe, pero no se detiene en eso. "Ya no debería ser sorpresa ver a una mujer conduciendo", dice. Aunque reconoce que los prejuicios siguen ahí, especialmente en las calles . Esa frase repetida: "tenía que ser mujer" todavía aparece cuando alguien comete un error al volante.
Ella no la comparte. "Somos más precavidas", afirma. No como una defensa, sino como una constatación nacida de la experiencia.
El equilibrio en su vida
Mientras tanto, su vida sigue siendo un equilibrio constante. Atiende pacientes, cumple rutas, cuida a sus hijos. También es auxiliar de enfermería. Todo convive en una rutina que no tiene horarios definidos, pero sí una dirección clara.
Cuando habla del futuro, no menciona consultorios más grandes ni especializaciones médicas. Habla de un tráiler propio. Ese es su sueño: tener su propio vehículo y recorrer el país sin rutas impuestas, sin depender de horarios ajenos. Ser dueña de su camino.
En casa, uno de sus hijos ya lo tiene claro: quiere ser trailero como ella. Y si algún día tiene una hija que quiera lo mismo, dice que la apoyará sin dudar. Como lo hizo su padre. (10).