Carlos Delgado tiene 48 años y, durante décadas, creyó que su corazón era invencible. Jugaba fútbol bajo el sol sofocante, trabajaba sin horarios, comía cuando podía, a veces en exceso y, como muchos periodistas, convirtió el estrés en rutina. "Nunca vamos a morir de un infarto", bromeaba con sus amigos mientras corrían tras un balón al mediodía. La vida parecía resistirlo todo.
Pero hace un año, algo empezó a cambiar. No fue un dolor fulminante ni una caída repentina. Fue la presión arterial que subía sin avisar, la ansiedad que lo sorprendía en medio del día y un cansancio que no tenía explicación. Vinieron los exámenes. Y más exámenes. Le dijeron que podía ser diabetes, pero luego lo descartaron.
En busca de ayuda profesional
Visitó médicos, psicólogos y psiquiatras. Le hablaron del estrés por la inseguridad que vive Manta, del ritmo de vida y de los cuarenta, que pesan como una advertencia.
Carlos, disciplinado, cambió sus hábitos. Bajó de peso, mejoró su alimentación y comenzó a ejercitarse. Pero algo no cuadraba. "No encontraban la razón", recuerda. Hasta que la presión se disparó.
Cambió de cardiólogo y llegó a manos del doctor Alfredo Zambrano. Un ecocardiograma bastó para que la palabra "problemitas" sonara como una sentencia suave, pero urgente. No era una emergencia, pero sí una urgencia. Había que realizar un cateterismo. Carlos aceptó y esa decisión lo colocaría ante la fragilidad absoluta.
El procedimiento se realizó. Despierto, mientras el catéter recorría sus arterias, escuchó al médico contar: uno, dos, tres, cuatro, cinco problemas graves. Arterias dañadas, obstruidas, "podridas", según el término que más tarde repetiría sin eufemismos. La recomendación fue inmediata: cirugía a corazón abierto.
El apoyo psicológico y la operación
El 10 de diciembre entró al quirófano cerca del mediodía; la operación terminó a las diez de la noche. Fueron necesarias siete pintas de sangre.
La noche anterior había intentado mostrarse fuerte. Recibió llamadas de colegas, amigos e instituciones de Manta y Jaramijó. Periodistas de distintos cantones se organizaron para donar sangre.
Sin embargo, en la habitación contigua escuchó algo que lo estremeció: un paciente no había sobrevivido a su operación cardíaca. Carlos pensó en su hija de siete años, en su esposa y en las historias que aún le faltan por contar.
La clínica le ofreció apoyo psicológico y él lo aceptó. Aunque el médico le explicó que tenía apenas un 5% de probabilidad de fallecimiento, un margen bajo en este tipo de intervenciones, el riesgo existía. El corazón no negocia con estadísticas.
Durante la intervención ocurrió lo impensado: su corazón se detuvo. Tuvieron que reanimarlo. Él no lo recuerda como un lapso largo; para él fue un instante. No obstante, pasó un día entero más en un estado del que no tiene memoria clara.
"Vi la muerte", dice ahora sin dramatismo. No como una figura, sino como una sensación: la posibilidad real de dejar este mundo. En ese trance, la fe volvió a ocupar un lugar central. Católico de tradición, empezó a leer la Biblia que le regaló un amigo universitario. Grupos religiosos lo llamaron para animarlo. "Creo que Dios me dio una segunda oportunidad", afirma.
Un aprendizaje lento
Salió de la clínica el 21 de diciembre, once días después de haber ingresado. Ahora vive un aprendizaje lento. Camina todos los días; al principio 20 minutos, ahora más.
Pronto empezará a trotar. Hace pesas con cautela, va a la playa y trabaja en la computadora. Retoma la calle poco a poco. La recuperación, le advierten los médicos, se juega en los primeros seis meses: si no fortalece el corazón ahora, no lo recuperará después.
Nada de fritos. Nada de grasa. Controlar las emociones. Dormir mejor. Escuchar al cuerpo.
A veces siente pequeños calambres en el pecho y se asusta. Luego recuerda que es parte del proceso. El miedo no desaparece del todo, pero aprende a convivir con él.
Carlos también reflexiona sobre el sistema de salud. Sabe que una cirugía como la suya puede superar los 50 mil dólares si no se cuenta con el respaldo del IESS. Sabe que el acceso oportuno fue decisivo. Y sabe que en Manabí las afecciones cardíacas son frecuentes, muchas asociadas a hábitos alimenticios ricos en grasas y carbohidratos.
Hoy no presume de su resistencia al calor ni al cansancio. Presume de su disciplina. El periodista que narró tragedias ajenas ahora cuenta la suya. No busca lástima, busca conciencia. A sus 48 años, entiende que el corazón no solo late: también avisa. Y cuando avisa, hay que escucharlo.