Andrés Martínez no recuerda un escenario con telón ni butacas numeradas. Su teatro nació en la calle, entre amigos, bromas y la necesidad de inventarse algo para espantar el aburrimiento. Tenía unos veinte años cuando, en Los Esteros, al sur de Guayaquil, comenzó a reunirse con cuatro o cinco "panas" en un pequeño parque del barrio.

No había director, ni guion, ni técnica. Solo ganas. "Hacíamos chistes, payasadas, pequeños sketches", dice, como si todavía pudiera ver a ese grupo improvisando frente a vecinos curiosos que primero miraban con desconfianza y luego terminaban riendo.

De a poco, la risa se volvió costumbre. El público creció y ellos también. Lo que empezó como juego fue tomando forma hasta convertirse en espectáculo. Decidieron salir del barrio y probar suerte en el centro de la ciudad, donde el movimiento prometía más público y, con suerte, algunas monedas.

Durante el día, Andrés trabajaba como vendedor en un local de ropa en la Bahía; por las noches, se transformaba en actor callejero. Era una doble vida sostenida por la necesidad y el entusiasmo.

No fue fácil. En Guayaquil, el teatro de calle no era del todo bien recibido. "La gente tenía temor, no estaba acostumbrada", recuerda. A veces, incluso, el rechazo se sentía en forma de tomates lanzados desde el público.

Pero resistieron. Siguieron actuando en la calle, en el Parque de las Iguanas y en la Plaza San Francisco. Poco a poco, la gente empezó a quedarse, a reír y a volver. La calle los fue aceptando.

"Caremote" y "Chullabola" y la vida en movimiento

En medio de ese proceso, Andrés encontró a su personaje: "Caremote". Un tipo sencillo, que caminaba como cargador y hablaba como la gente del pueblo. "A la gente le gustaba, se reía mucho", cuenta. "Caremote" no solo era un personaje; era su identidad en el escenario, su forma de conectar con el público.

Pero la calle, como la vida, cambia. Con el tiempo, las autoridades empezaron a restringir el uso de los espacios públicos. Los parques se vaciaron de artistas. "Ya no querían venta ambulante, ya no querían nada", dice. Entonces Andrés hizo lo que ha hecho siempre: moverse. Salió a otros pueblos, dejó el comercio y se dedicó de lleno al teatro.

Así nació otro de sus personajes: "Chullabola", un tipo "macho" y maltratador que se queda sin nada cuando su mujer lo deja. En la trama, él le exige a su pareja que se vaya pero que le deje a su hijo; ella, entonces, le confiesa una verdad: el niño no es suyo porque él es "chullabola". A Andrés también lo conocen popularmente por el nombre de este personaje.

El viaje como escuela

Andrés viajó a Perú con un grupo de artistas callejeros y se quedó dos años entre Chiclayo y Lima. Fue una etapa intensa. "Mi familia no sabía nada de mí", recuerda. No había teléfono ni noticias; solo la calle, el espectáculo y la supervivencia diaria. Cuando regresó, su madre lo vio como quien vuelve de muy lejos.

Después vinieron otros viajes a Quito y luego a Colombia, donde residió dos años. Hubo más escenarios improvisados. Cada ciudad fue una escuela y cada plaza una oportunidad. Pero siempre había un lugar al que volvía: Manta.

Foto embed
El grupo Los Locos de la Risa ofrece sus funciones cada fin de semana en el parque Centenario Agustín Intriago. - Cortesía

La risa como oficio y refugio

Hace más de 30 años, Andrés decidió quedarse en Manta. Aquí encontró algo parecido a la estabilidad, aunque su oficio nunca deje de ser incierto.

Hoy forma parte de "Los Locos de la Risa", un grupo que lleva casi dos décadas haciendo teatro callejero. Actúan principalmente los fines de semana en el Megaparque, desde las siete de la noche. El espectáculo puede durar hasta dos horas y media, dependiendo del público y del clima.

No es solo actuar; es convocar, resistir e inventar. Para atraer a la gente, reparten café y roscas. "Para que la gente se sienta contenta", explica. También venden canguil y hacen pequeños sorteos. Todo suma. Lo que recaudan se divide entre los integrantes, pero también sirve para sostener el propio show.

Andrés tiene tres hijos. Ninguno ha seguido sus pasos en el teatro, aunque uno de ellos muestra talento para el arte. El teatro de calle ya no es el mismo, admite. La inseguridad, las restricciones y el cambio en las costumbres han reducido los espacios. Pero Andrés sigue ahí. A sus 56 años, no contempla el retiro. "Si dejo de trabajar, dejo mi alegría", afirma.

Cada noche de función, cuando el público se reúne y alguien olvida sus problemas por unos minutos, "Chullabola" vuelve a escena. Con él, permanece la certeza de que, pese a todo, el telón de la calle sigue abierto.