La intensidad con la que Natalie Portman se entregó a su papel en El cisne negro dejó secuelas físicas reales. Durante la filmación del aclamado drama psicológico dirigido por Darren Aronofsky, la actriz experimentó una dislocación de costilla, una lesión poco común que atribuyó al rigor del entrenamiento y a las constantes exigencias corporales del personaje.

"Me pasó algo extraño, una costilla se me salió o algo así", contó Portman al recordar las largas jornadas de ensayos, levantamientos y coreografías de ballet que debió ejecutar para encarnar a la frágil y obsesiva Nina Sayers.

Un entrenamiento al límite del cuerpo

La preparación de la actriz estuvo a cargo de Mary Helen Bower, exbailarina del New York City Ballet, quien diseñó un régimen físico de alto rendimiento. Según explicó, Portman entrenaba hasta cinco horas diarias, seis días a la semana, durante varios meses previos al rodaje.

Las jornadas comenzaban alrededor de las cinco de la mañana y, tras extensas sesiones de danza, la actriz enfrentaba días de grabación que podían extenderse hasta doce horas. Al finalizar, aún realizaba ejercicios de tonificación muscular y nadaba aproximadamente un kilómetro antes de descansar.

Meses de disciplina y resistencia

El plan de preparación no se limitó al aprendizaje técnico del ballet. Incluyó estiramientos intensivos, trabajo de fuerza y resistencia física, diseñados para soportar la presión de las escenas coreografiadas y el desgaste acumulado en el cuerpo.

El objetivo, según Bower, era lograr una interpretación creíble tanto en lo actoral como en lo corporal, algo fundamental para una historia que explora los límites físicos y psicológicos dentro del mundo del ballet profesional.

El desafío artístico y emocional

El director Darren Aronofsky reconoció que el reto para Portman fue doble: debía equilibrar la carga emocional de un personaje al borde del colapso con la ejecución precisa de movimientos complejos frente a la cámara.

Cada escena se convirtió en una prueba de control corporal y resistencia, reflejando la presión constante que vive una bailarina sometida a la autoexigencia, la competencia y la obsesión por la perfección.

Un papel que lo cambió todo

La propia Portman admitió que el proceso la llevó a experimentar lesiones inusuales, como la dislocación de costilla, resultado directo del esfuerzo físico sostenido y la tensión acumulada durante los levantamientos y ensayos.

Ese nivel de entrega fue ampliamente reconocido por la crítica y culminó con el Oscar a Mejor Actriz en 2011, uno de los momentos más importantes de su carrera.

Más allá del Oscar: una voz crítica en Hollywood

Antes y después de ese galardón, Portman acumuló nominaciones por trabajos como Closer (Íntimamente) y Jackie. Sin embargo, su relación con la Academia también ha estado marcada por una postura crítica.

Durante una intervención en el Festival de Sundance, mientras promocionaba The Gallerist (La Galerista), la actriz cuestionó la escasa presencia femenina entre los nominados al Oscar, destacando que muchas de las mejores películas del año fueron dirigidas por mujeres y no recibieron el reconocimiento esperado.

Una discusión que sigue abierta

Portman mencionó títulos realizados por directoras que, en su opinión, merecieron mayor visibilidad, y aseguró que, pese a las reformas recientes en la Academia para ampliar la participación femenina, aún existen barreras estructurales en la industria.

Aunque reconoció avances, sostuvo que "todavía queda mucho trabajo por hacer" para lograr una representación equitativa en los principales premios del cine.