Marlon Brando no caminó por Hollywood: lo desordenó. Cada vez que apareció en escena, algo se rompió para siempre en la forma de actuar, de mirar y de habitar un personaje. Fue ídolo, genio, rebelde, activista, mito erótico y, al mismo tiempo, un hombre atravesado por la furia, el exceso y la contradicción.
Hablar de Brando no es repasar una filmografía: es entrar en un territorio salvaje donde el cine dejó de ser impostación y comenzó a parecerse a la vida.
El genio que llegó al cine
Nació en 1924 en Omaha, Nebraska, pero su infancia estuvo lejos de cualquier postal idílica. Creció entre el alcoholismo, el abandono y el maltrato emocional de unos padres incapaces de ofrecer refugio. Ese desorden temprano moldeó su carácter: desconfiado, indomable, siempre al borde de la explosión. Como sus hermanas, huyó joven hacia Nueva York en busca de una salida. Allí encontró el teatro.
Debutó en Broadway en 1944 y, pocos años después, el cine lo recibió con Hombres (1950). Pero fue Un tranvía llamado deseo (1951) la película que lo convirtió en un terremoto cultural. Stanley Kowalski no solo gritaba, sudaba y golpeaba: respiraba como nadie había respirado antes frente a una cámara. Brando inauguró una masculinidad nueva, cruda, animal e irresistible. Hollywood entendió tarde que había abierto una puerta que ya no se podía cerrar.
Durante los años cincuenta encadenó éxitos y redefinió el estatus del actor. Fue Julio César, Napoleón y líder de motoristas en Salvaje. Una camiseta blanca ajustada bastó para cambiar la historia del vestuario masculino y del deseo en el cine. Brando no actuaba para agradar: imponía presencia. En 1955 ganó su primer Oscar por La ley del silencio, confirmando que su talento era tan indiscutible como incómodo.
Marlon Brando cobra un millón de dólares
El problema fue que Brando odiaba Hollywood casi tanto como Hollywood lo necesitaba. Su desprecio por los estudios, los horarios y las jerarquías lo volvió tan célebre como problemático. Fue el primer actor en cobrar más de un millón de dólares por una película (Rebelión a bordo), pero también el símbolo del rodaje caótico, del ego indomable y del genio imprevisible.
En los años setenta regresó con furia. El último tango en París y El padrino, ambas de 1972, lo devolvieron al centro del mundo. Don Vito Corleone fue una lección de contención y poder silencioso. Ganó su segundo Oscar, pero lo rechazó. Envió a Sacheen Littlefeather a denunciar el maltrato histórico del cine hacia los pueblos originarios. Brando entendía el arte como una forma de responsabilidad política.
Un actor con posición política
Su activismo fue real, pero su vida personal fue un campo minado. Obsesivo y sexualmente libre, mantuvo relaciones con hombres y mujeres, se casó tres veces y tuvo once hijos. La tragedia lo golpeó sin piedad: el asesinato de la pareja de su hija Cheyenne y el posterior suicidio de ella marcaron un quiebre definitivo. Brando se replegó, aumentó de peso y se aisló del mundo.
Regresó de forma intermitente. Cobró millones por minutos en Superman y desquició a Coppola en Apocalypse Now, llegando obeso y sin saberse el guion. Fue el coronel Kurtz: una sombra, un murmullo, un final perfecto para su mito. Sus últimos trabajos fueron erráticos y caóticos.
Marlon Brando murió en 2004, recluido y lejos de los flashes. Pero nunca se fue. Cambió la actuación para siempre, desafió al sistema y pagó el precio. Fue exceso, talento y contradicción. Fue el hombre que demostró que actuar no es fingir, sino atreverse a ser. Y eso, todavía hoy, sigue incomodando.