Desde Manabí surge una historia que trasciende el sabor del chocolate. Para Susana Cárdenas , periodista y fundadora de Cárdenas Chocolate, el cacao pasó de ser un tema de reportaje a convertirse en un universo completo de exploración personal, histórica y sensorial. Su libro Tierra hermosa: una historia ecuatoriana de chocolate y su marca nacen de esa búsqueda: entender al cacao no solo como cultivo, sino como raíz, identidad y territorio.
Cárdenas —que escribió sobre cultura en medios como El País y El Universo— descubrió el cacao no desde la nostalgia, sino desde la investigación. Ese impulso la llevó a viajes, entrevistas, fermentaciones experimentales y, finalmente, a un proyecto académico en la Universidad de Cambridge, donde en 2017 dio vida a Cárdenas Chocolate.
Del periodismo a la búsqueda de las ‘joyas’ del cacao
Con su marca, la manabita profundizó en la misión de encontrar variedades antiguas y redescubrir sabores que el mercado industrial ha ido desplazando. Su equipo rastrea semillas, prueba fermentaciones y se conecta con comunidades que conservan plantaciones centenarias. “Regresar a Ecuador fue volver a mi origen” , afirma. “Tenía que estar lejos para entender el peso de esta tierra”.
El cacao , para ella, no es insumo: es memoria viva. Cada árbol contiene historia, técnica y cultura. Cada barra es el resultado de una cadena de conocimiento que une lo ancestral con lo científico.
Tierra hermosa: la crónica del cacao ecuatoriano
Tierra hermosa: una historia ecuatoriana de chocolate es un libro que combina investigación histórica, memoria familiar y crónica cultural para narrar el papel del cacao fino de aroma en la identidad ecuatoriana. La obra, de 112 páginas, se estructura en 21 crónicas que recorren tres grandes ejes:
la historia del cacao en Ecuador,
las voces de los expertos y comunidades vinculadas al cultivo,
y el relato personal de Susana Cárdenas con su familia y su marca chocolatera.
El texto mezcla géneros: no es un libro técnico, pero utiliza información científica; no es únicamente autobiográfico, pero tiene pasajes íntimos; no es estrictamente histórico, pero recupera acontecimientos clave como:
el auge del cacao en Ecuador entre finales del siglo XIX y principios del XX,
la incidencia de enfermedades como la "escoba de bruja" y la "monilla",
la transformación del modelo agrícola tras la caída del monocultivo,
y el resurgimiento del cacao fino de aroma como producto premium en mercados globales.
Cárdenas explora también cómo el cacao ecuatoriano se convirtió en referente mundial, llegando a representar el 60% del cacao fino de aroma del planeta, un dato frecuentemente citado por la ICCO (Organización Internacional del Cacao).
Voces y fuentes presentes en el libro
Las crónicas incorporan entrevistas a investigadores, historiadores del cacao, productores, catadores, exportadores y especialistas en genética del cacao ecuatoriano. Entre ellos figuran:
Francisco Valdez, arqueólogo que ha estudiado evidencia de cultivo de cacao en la Amazonía ecuatoriana de hace más de 5.000 años,
Benjamín Rosales, investigador sobre historia económica del cacao en Guayas,
Cecilia Estrada, estudiosa de la actividad agrícola en la costa ecuatoriana.
Estas voces permiten contextualizar el cacao no solo como cultivo, sino como símbolo económico, social y emocional para cientos de miles de familias.
Un libro que articula identidad, territorio y memoria
El relato profundiza en la conexión entre el cacao y las rutas migratorias internas, los cambios en la propiedad de la tierra, el vínculo urbano–rural y el papel de Manabí y Guayas como territorios que sostuvieron —y aún sostienen— la cultura del cacao.
Desde su experiencia personal, Cárdenas incorpora la historia de:
su padre, de raíces serranas, que eligió el litoral como hogar,
su abuela limeña, que llegó a Bahía en pleno auge cacaotero,
y el modo en que estas trayectorias familiares se entrelazan con la identidad del chocolate ecuatoriano.
Manabí, Guayas y la costa en el centro de la historia
La costa ecuatoriana es protagonista del libro. Cárdenas destaca la hacienda La Providencia como símbolo del cacao nacional, así como el rol histórico de Guayaquil como capital cacaotera y de Manabí como territorio de memorias y raíces.
Las ilustraciones y fotografías fueron elaboradas por artistas de Guayaquil y Manabí, como Ana Paula Trujillo, Paulina Roca y Andrea Andrade, mientras que el diseño estuvo a cargo de Juan Alvarado y María Laura Andrade. Los empaques, hechos en cajas de balsa, fueron desarrollados en conjunto con artesanos de Montecristi.