Las Islas Galápagos, reconocidas mundialmente como un santuario de biodiversidad y paz natural, esconden una realidad social que contrasta dolorosamente con su imagen paradisíaca. Detrás de las postales turísticas, las cifras de violencia de género revelan una crisis silenciosa que afecta a gran parte de su población femenina. Un diagnóstico provincial reciente alerta que el 55,7% de las mujeres mayores de 15 años en Galápagos ha sufrido algún tipo de violencia en algún momento de su vida. Esta estadística desoladora pone de manifiesto que la insularidad no protege a las mujeres de las estructuras patriarcales de agresión, sino que, en ocasiones, puede agravar la sensación de aislamiento y falta de recursos de apoyo inmediato.
El informe técnico, que cuenta con el aval de la Universidad San Francisco de Quito (USFQ) y el Consejo de Gobierno de Régimen Especial, profundiza en la dinámica de estas agresiones. Se detalla que una de cada tres mujeres en el archipiélago ha sido violentada por su pareja, un dato que evidencia la prevalencia de la violencia intrafamiliar en los hogares isleños. Además, la impunidad parece avanzar en silencio, alimentada por la falta de denuncias y la normalización de ciertas conductas. La vulnerabilidad de las víctimas se ve exacerbada en un entorno donde todos se conocen, lo que muchas veces dificulta romper el ciclo de abuso y buscar ayuda externa de manera segura y confidencial.
Percepciones sociales y barreras estructurales
Uno de los hallazgos más inquietantes del estudio es la percepción que tienen los habitantes sobre la justicia local. Según los datos recabados, el 71% de los hombres y el 75% de las mujeres creen que las leyes locales priorizan la protección de la fauna sobre la seguridad de las mujeres. Esta creencia de que se castiga con más severidad la violencia contra un animal que la violencia contra una mujer en Galápagos explica, en gran medida, por qué tantos casos no llegan a denunciarse formalmente. La desconfianza en el sistema judicial crea una barrera invisible pero poderosa que impide a las víctimas acceder a la reparación y protección que el Estado debería garantizarles.
Sumado a esto, las estadísticas de embarazo adolescente también son preocupantes: un estudio de 2019 mostró que el 21% de las mujeres tuvo su primer hijo entre los 14 y 17 años. Entre enero y noviembre de 2023, el ECU 911 registró una llamada de emergencia cada dos días relacionada con violencia, y la Fiscalía reportó un número similar de denuncias, siendo la mayoría por violencia psicológica. Estas cifras demuestran que la agresión no es un hecho aislado, sino un problema sistémico que requiere una intervención urgente y coordinada. La educación y el cambio de patrones culturales se presentan como herramientas indispensables para revertir estas tendencias que afectan el tejido social de las islas.
Respuesta académica y comunitaria
Frente a este panorama, la academia ha decidido tomar un rol protagónico. La USFQ Galápagos ha implementado un Protocolo de Acoso, Discriminación y Violencia de Género, que establece una ruta clara de acción: reporte inmediato, protección 24/7 a la víctima y seguimiento legal. Este sistema busca cerrar la brecha entre la denuncia y la respuesta institucional, eliminando la burocracia que suele revictimizar a quienes sufren agresiones. La universidad se convierte así en un espacio seguro y un motor de cambio, impulsando campañas como "Hombres de Verdad" para trabajar la prevención desde la masculinidad. La prevención activa es clave para transformar la realidad a largo plazo.
El arte también se ha sumado a esta lucha contra el silencio. A través del concurso de cortometrajes "Vivir sin miedo", los estudiantes narran historias de violencias cotidianas: control, chantaje y celos. Estas obras artísticas funcionan como una potente herramienta de denuncia y sensibilización, permitiendo que la sociedad se mire en un espejo y reconozca las violencias que ha normalizado. En Galápagos , la lucha por una vida libre de violencia está ganando terreno gracias a la unión de esfuerzos entre la academia, los jóvenes y la comunidad, quienes buscan construir un futuro donde la paz no sea solo para la naturaleza, sino también para las mujeres que habitan este territorio único.