El joven que estaba de paso no entendía por qué su teléfono se había quedado sin señal . Había estacionado su carro frente a un restaurante de carretera, en un pueblo que apenas conocía de nombre: El Rodeo, en la zona rural de Portoviejo.

Mientras esperaba el almuerzo, intentó revisar un mensaje, pero la pantalla seguía sin conexión. No lo sabía entonces, pero había entrado en una de las llamadas “zonas de silencio digital” : territorios donde internet y llamadas desaparecen por completo.

El mesero, con una sonrisa que mezclaba resignación y costumbre, le explicó: “Aquí, joven, los celulares sirven de reloj, no de teléfono”. El joven quiteño, de unos 25 años, desconocía que había llegado a El Rodeo, un pueblo que comparte nombre con la cárcel más grande de Manabí y que vive bajo una condena particular : la ausencia de internet. La prisión impone su sombra y su silencio digital sobre la comunidad.

Vivir sin la señal de internet en El Rodeo

Los inhibidores de señal, instalados para impedir que los presos se comuniquen con el exterior, se extienden más allá de los muros y alcanzan casas, negocios y calles. Afuera, la gente se acostumbra a vivir desconectada. No hay protestas ni pancartas exigiendo el servicio, solo una silenciosa aceptación.

Un caso distinto ocurrió en 2021 en Latacunga , donde unas 400 personas participaron en una marcha para exigir el retiro de los inhibidores de señal del Centro de Rehabilitación Regional Cotopaxi, que les impedían acceder a los servicios de telefonía celular e internet.

“Uno se adapta”, dice Ana Romero, vendedora de frituras que atiende un puesto frente a la carretera en El Rodeo. En su casa tiene internet porque contrató el servicio , pero aquí, donde fríe empanadas y conversa con vecinos, no hay manera de conectarse. A veces logra captar una señal del wifi municipal, pero dura tan poco que ni siquiera alcanza para enviar un mensaje. “Es intermitente”, suspira.

El internet dentro de la cárcel

Paradójicamente, dentro de la cárcel -el corazón de este apagón digital- la historia es diferente. Policías y militares realizan operativos constantes para decomisar celulares. Los reclusos, pese a los bloqueos, encuentran formas de comunicarse, como si la tecnología siempre hallara un resquicio. En cada requisa aparecen nuevos teléfonos, muchas veces usados para comunicarse con víctimas fuera de los muros, a quienes pueden chantajear o amenazar.

La cárcel El Rodeo está ubicada en la vía a Ríochico desde hace 20 años . Tras los estragos del terremoto del 16 de abril de 2016, la prisión renació de sus ruinas. Reabrió sus puertas el 8 de mayo de 2017, luego de un año de silencio y reconstrucción. Los internos que habían sido llevados a Guayas y Cotopaxi regresaron poco a poco, en grupos pequeños, buscando recuperar la rutina entre muros restaurados. Hoy hay un hacinamiento: más de 2.200 reclusos habitan un espacio diseñado solo para 1.800.

El decreto y la zona de seguridad

El Rodeo fue declarado zona de seguridad tras el Decreto Ejecutivo 218 , emitido en abril de 2024. La orden del gobierno fue clara: eliminar cualquier tipo de conectividad para impedir que líderes de bandas criminales operen desde las prisiones del país.

La Asociación de Empresas de Telecomunicaciones aclaró entonces que “en áreas donde coexisten centros de privación de libertad con viviendas, pequeños negocios y empresas, no es factible apagar las señales de las redes de telecomunicaciones sin afectar a la comunidad y sus actividades productivas”.

En otras palabras, cortar la señal de una cárcel implica, inevitablemente, dejar sin conexión a quienes viven cerca . “No es posible apagar una antena sin apagar también la vida que gira alrededor de ella”, explicó el especialista Hugo Carrión a la revista Vistazo.

Los habitantes de El Rodeo aprendieron esa lección sin leer informes técnicos: lo viven cada día. Ricardo lo recuerda con dolor: en 2023, mientras trabajaba en su taller, su hermano en Guayaquil lo llamó una y otra vez . Cuando por fin llegó a casa y el teléfono recuperó la señal, escuchó un mensaje de voz: “Ricardo, papá se murió de un infarto. Llámame”.

El Rodeo resiste. Algunos han contratado internet fijo en sus casas, pagando valores que van desde 20 dólares; otros se resignan a vivir sin él . En un país donde los celulares son parte esencial de la vida, una parte de El Rodeo sigue desconectada.