En el El Salvador de mediados de los años setenta, un muchacho flaco, eléctrico y de sonrisa tímida empezaba a romper el molde. Tenía apenas 17 años y una zurda que ya insinuaba travesuras imposibles . Jorge “Mágico” González comenzó a escribir la leyenda. Era 1975 y el fútbol centroamericano estaba presenciando el nacimiento de un culto.

Se convirtió en el jugador del momento, ese al que todos iban a ver aunque no fuesen hinchas. Su talento era un imán. Y la selección salvadoreña no tardó en convocarlo: necesitaba esa llamarada de irreverencia para perseguir un sueño improbable, la clasificación al Mundial de España 82.

Las eliminatorias fueron un camino espinoso , pero El Salvador avanzó como segundo de Centroamérica y repitió el puesto en el Hexagonal Final. El partido clave, el que aún se recuerda entre susurros de nostalgia, fue contra México. Aquel día el Mágico sacó la varita: arrancó desde la mitad de la cancha, aceleró como si tuviera un interruptor secreto, dejó rivales desperdigados y sacó un remate tan violento que obligó al rebote del arquero azteca.

Ever Hernández cazó el balón y anotó el gol que hizo historia. La jugada fue una estampida de genialidad pura . Ese cambio de ritmo -de casi trotar a convertirse en un rayo- era su firma más preciosa.

Mágico González en el Mundial de España

El sueño, sin embargo, se transformó en pesadilla en España. El Salvador perdió los tres partidos y recibió 13 goles. La herida más profunda fue el 10-1 frente a Hungría , una de las derrotas más duras en la historia de los Mundiales. Pero incluso en medio del desastre colectivo, el Mágico brilló a su manera.

Con un par de gambetas recordó al mundo que el talento no siempre obedece a los resultados. Tanto así, que gigantes europeos se fijaron en él . El París Saint-Germain lo esperaba para firmar contrato , pero él simplemente no fue. El Atalanta también lo quería. Su vida era otra cosa.

Entonces apareció el Cádiz de España. Un club humilde, sí, pero perfecto para él . En Andalucía encontró lo que más valoraba: libertad. Jorge González amaba el fútbol, pero no las rutinas. Su romance con la noche era legendario. Llegaba de madrugada, a veces dormía hasta la tarde, y más de una práctica se la saltó sin remordimiento.

En cualquier otro lado lo habrían expulsado a la primera. En Cádiz le perdonaban todo, porque cada domingo transformaba el estadio en un teatro de magia. Y los hinchas, puestos de pie, aplaudían felices. Una vez dijo: “Reconozco que no soy un santo, que me gusta la noche y que las ganas de juerga no me las quita ni mi madre”.

Pese a su brillo, el equipo descendió. Y aun así, el Barcelona de Diego Armando Maradona puso los ojos en él. En una gira por Estados Unidos, el Mágico estuvo a prueba y maravilló a todos. Pero un incendio en el hotel cambió la historia: mientras el plantel evacuaba, él permanecía en la habitación, ajeno al caos, entregado a otros placeres . Días más tarde, volvió a Cádiz, como si el destino lo reclamara.

Lo cedieron a otro equipo para que cambiara

Cansado de sus excesos, el club decidió cederlo al Valladolid. Intentaron domesticarlo entre multas, amenazas y prohibiciones. Fue inútil. El talento se marchitó en ese ambiente. Jugó nueve partidos, marcó dos goles y entendió pronto que aquel no era su lugar en el mundo. Regresó a Cádiz y renació. Allí volvió la poesía. Uno de sus goles más celebrados fue ante Racing de Santander: recortes, derrapes, rivales desparramados y un disparo al ángulo que dejó boquiabierto hasta al arquero Pedro Alba, quien corrió a felicitarlo.

El tiempo, implacable, le robó explosividad. En 2002, a los 44 años, el Mágico se despidió del fútbol. Lo hizo sin lamentos, fiel a su filosofía: “Solo juego por divertirme”, decía. Y nadie podía discutirlo.

Porque Jorge González fue eso : un jugador que prefirió la alegría al deber, la libertad al contrato, la noche al reloj. Un genio que no quiso ser santo ni ejemplo, pero sí inolvidable. Y vaya si lo consiguió. Maradona, admirador confeso, lo ubicó entre los diez mejores que vio en su vida.

El Mágico fue un mito viviente , un relámpago sin jaula. Y su historia, como sus gambetas, sigue siendo imposible de atrapar.