Pablo Escobar nunca fue presidente de Atlético Nacional. No firmó contratos, no posó con la camiseta ni levantó trofeos ante las cámaras. Y, sin embargo, pocos hombres influyeron tanto en la historia del club como él.
En el Medellín de finales de los años ochenta, Nacional ganaba partidos, títulos y prestigio continental mientras el narcotraficante más poderoso del mundo consolidaba su imperio. No era una coincidencia: era un plan.
Escobar entendió el fútbol como entendía todo lo demás: una herramienta de poder. En un país asfixiado por la violencia, el balón ofrecía algo que ni la política ni las armas podían garantizarle: legitimidad social.
El Nacional, el más popular de todos
El dinero comenzó a fluir sin límites. Los jugadores cobraban a tiempo, algo excepcional en el fútbol colombiano de la época. Los premios por victoria eran generosos, las concentraciones lujosas, los viajes impecables. Nacional se transformó en un oasis de estabilidad dentro de un país en guerra.
Los futbolistas no necesitaban preguntar de dónde venían los recursos. Lo sabían. Y también sabían que, mientras cumplieran dentro del campo, nada les faltaría.
El capo sabía que el club más popular de Colombia era una plataforma incomparable para lavar dinero, ganar simpatía y demostrar dominio. Aunque su infancia estuvo marcada por el Independiente Medellín, el cálculo fue frío. Nacional tenía más hinchas, más visibilidad y mayor impacto. Era el equipo ideal para su ambición.
Escobar no gestionaba el club desde un despacho, pero colocó a personas de su confianza alrededor de la institución. No figuraban oficialmente, pero decidían. La logística, los refuerzos y la protección del plantel respondían a una estructura paralela, invisible y eficaz. Medellín se convirtió en una plaza inexpugnable. Para los rivales, jugar en el Atanasio Girardot era hacerlo en territorio ajeno, hostil e intimidante.
Los jugadores que llegaron
El proyecto necesitaba un símbolo, y lo encontró en el equipo que armó Francisco Maturana. Atlético Nacional no solo ganaba: jugaba bien. Con René Higuita, Leonel Álvarez y Andrés Escobar como estandartes, el club desplegó un fútbol técnico y atrevido, con identidad propia. Ese talento real fue clave. Permitió que los triunfos parecieran naturales y que las sospechas quedaran enterradas bajo el aplauso.
La Copa Libertadores de 1989 fue la obra cumbre del plan. Desde las primeras rondas, el mensaje fue claro: Nacional debía ganar. Árbitros sudamericanos relataron años después visitas nocturnas, maletines con dinero y advertencias directas. "Tiene que ganar Nacional". No era una sugerencia. Algunos aceptaron el soborno; otros no necesitaron hacerlo para entender el riesgo. En Medellín, el error podía costar la vida.
Los partidos se disputaban en un clima irrespirable. Hoteles vigilados, hombres armados rondando vestuarios, coronas fúnebres como advertencia. El fútbol seguía su curso, pero la amenaza estaba siempre presente. Aun así, dentro del campo, Nacional respondía. Ganaba con autoridad, goleaba, avanzaba. La mezcla de talento y miedo resultó imparable.
Esa final con Olimpia
La final ante Olimpia de Paraguay llevó esa tensión al límite. Tras perder el primer encuentro, Nacional estaba obligado a remontar. La presión fue total, incluso sobre árbitros que se resistieron a ceder. El título se definió en una larga tanda de penales. El club colombiano levantó su primera Libertadores. Oficialmente, fue una victoria deportiva. Extraoficialmente, fue la consagración del proyecto de Escobar.
El trofeo le dio al narcotraficante algo que el dinero por sí solo no podía comprar: admiración. Mientras el Estado lo perseguía, millones celebraban al equipo que él sostenía desde las sombras. Escobar reforzó esa imagen construyendo canchas en barrios pobres, financiando torneos infantiles y regalando balones. Para muchos, era el benefactor que había hecho campeón al país. Pan y circo en su forma más peligrosa.
Los árbitros empezaron a resistirse
Pero el control absoluto siempre exige más sangre. Cuando algunos árbitros comenzaron a resistirse, la violencia escaló. El asesinato del juez Álvaro Ortega marcó un antes y un después. El fútbol colombiano se detuvo: torneos anulados, sanciones y exclusiones internacionales. El juego había sido secuestrado por el miedo.
Escobar cayó en 1993, abatido en un tejado de Medellín. Con su muerte terminó su influencia directa sobre Atlético Nacional. El club siguió adelante, ganó nuevos títulos y trató de desprenderse de aquella herencia incómoda. Pero la Libertadores de 1989 quedó como el símbolo de una época irrepetible y oscura.
Pablo Escobar convirtió a Atlético Nacional en campeón porque, en su mundo, perder no era una opción. Ganó partidos, ganó copas y ganó poder. El precio fue altísimo. En su fútbol, como en su imperio, el resultado se decidía mucho antes de que el balón empezara a rodar.