El 2 de noviembre de 2019 quedó tatuado para siempre en la vida de Willian Pacho.  Ese día cumplió el sueño que había perseguido desde niño: debutar como profesional con Independiente del Valle frente a Delfín.

Pero mientras el joven defensor corría sobre la cancha, se libraba otra batalla, mucho más dura, lejos del estadio. Su madre, Glenda, agonizaba tras una larga lucha contra el cáncer de mama.

Sus hermanas Sonia y Gissella tomaron entonces una decisión dolorosa: ocultarle la noticia hasta después del partido. Querían que cumpliera su sueño. Querían verlo feliz, aunque fuera por unas horas.

Cuando terminó el encuentro, Willian todavía tenía puesta la camiseta. Ahí recibió el golpe que le cambiaría la vida para siempre. Su madre había muerto. Desde entonces, el número 51 que luce en su espalda dejó de ser un simple dorsal. Es un homenaje eterno a la edad con la que partió su madre.

El partido más duro de su vida

Nacido en Quinindé, provincia de Esmeraldas, el 16 de octubre de 2001, Willian Joel Pacho Tenorio creció entre carencias, sueños y canchas improvisadas. Quienes lo conocieron de niño recuerdan a un muchacho tranquilo, respetuoso y obsesionado con el balón.

Tony Ramírez, profesor de Educación Física de la Escuela 3 de Julio, habla de él con orgullo. Recuerda al muchacho tímido que vivía distraído pensando en fútbol. "No era mal estudiante por flojo, sino porque soñaba despierto", contó años después.

A los 13 años apareció la oportunidad que podría cambiarlo todo: unas pruebas de Independiente del Valle en Puerto Quito. Pero había un problema. Willian necesitaba faltar a clases y varios profesores se opusieron.

Ramírez decidió intervenir. Reunió a los docentes y representantes para pedirles algo simple: sensibilidad. "Si no lo ayudábamos, capaz estábamos matando un sueño", dijo.

La frase terminó siendo profética. Willian viajó, hizo las pruebas y se quedó en Independiente del Valle. La escuela también hizo su parte: ayudarlo a mantener sus estudios mientras perseguía el fútbol.

El niño de Quinindé que conquistó Europa

Con apenas 16 años, ya integraba las formativas del club. Un año después disputó la final de la Copa Libertadores Sub-20. Luego llegó el debut profesional, la tragedia familiar y, casi sin tiempo para respirar, la necesidad de seguir adelante.

En 2021 estuvo muy cerca de fichar por el Borussia Mönchengladbach, pero la negociación se cayó cuando parecía cerrada. Otro golpe. Otra decepción. Sin embargo, Pacho hizo lo que siempre supo hacer: insistir.

En enero de 2022 dio el salto a Europa con el Royal Antwerp. En Bélgica dejó de ser promesa para convertirse en realidad. Firme, rápido, elegante para salir jugando y feroz en la marca, se transformó en pieza clave del equipo campeón.

Europa empezó a mirarlo distinto. En 2023 llegó al Eintracht Frankfurt y apenas un año después, el poderoso Paris Saint-Germain pagó 44 millones de dólares por su fichaje.

La cifra impresionó al continente. Pero quienes lo conocían desde niño entendían que el verdadero valor de Pacho nunca estuvo en el mercado. Estaba en su carácter.

Se consolidó como uno de los defensores más sólidos del fútbol europeo. Levantó la Ligue 1 y también la Champions League, convirtiéndose en el primer ecuatoriano en conquistar el torneo más importante de clubes del mundo. 

Aun así, quienes hablan con él aseguran que sigue siendo el mismo muchacho humilde de Quinindé. El mismo chico que volvió a su antigua escuela para compartir con niños y profesores. El mismo que nunca olvidó de dónde salió.

Quizá por eso su historia conmueve tanto. Porque detrás del futbolista millonario todavía vive aquel adolescente que un día entró a una cancha sin saber que acababa de perder a su madre.