El lunes 23 de febrero, dos días después de la muerte de Willie Colón, Rubén Blades publicó una despedida que es mucho más que un obituario. Es memoria viva, ajuste de cuentas, homenaje y testimonio de una de las alianzas más influyentes en la historia de la salsa. Un texto largo, sin concesiones ni sentimentalismos vacíos, donde el afecto convive con la crítica y el respeto, con la herida abierta.
Blades inicia su relato desde una escena concreta: el último encuentro entre ambos, el 3 de abril de 2023, en el velorio del bongosero Jorge "Georgie" González. El gesto, una mano en el hombro, rompe años de distanciamiento.
La sorpresa del público fue mayúscula; la conversación, en cambio, cordial. Esa imagen funciona como umbral narrativo: dos hombres marcados por una historia común que, pese a las diferencias, jamás negaron lo que construyeron juntos.
Ese día que lo conoció en Panamá
Para entender la dimensión de esa historia, Blades retrocede a finales de los años sesenta, cuando vio a Colón tocar junto a Héctor Lavoe en Panamá. Aquella banda joven irradiaba rebeldía y energía. Lo que parecía una admiración pasajera se convertiría, años después, en una sociedad creativa capaz de sacudir la estructura tradicional de la salsa.
Juntos grabaron seis discos en seis años y ampliaron el horizonte del género. La salsa dejó de ser exclusivamente música bailable de barrio para convertirse en crónica urbana y plataforma política.
Con álbumes como Siembra, redefinieron la identidad sonora latinoamericana. Canciones como Plástico denunciaron la frivolidad social y, en su célebre cierre, lanzaron un llamado a la unidad continental que todavía resuena.
Blades reconoce en Colón una inteligencia musical decisiva: la capacidad de traducir letras cargadas de contenido social en arreglos potentes y universales. Si él aportaba la narrativa, Colón ofrecía arquitectura sonora. El trombón se convirtió en estandarte de una salsa que ya no pedía permiso para hablar de política, desigualdad o esperanza.
La audacia de los proyectos
El panameño no limita su reconocimiento a los éxitos comerciales. Destaca también la audacia de proyectos menos conocidos, como El Baquiné de los Angelitos Negros, banda sonora compuesta para la televisión pública estadounidense.
Aunque el disco no fue un fenómeno de ventas, evidenció la inquietud artística de Colón y su voluntad de explorar más allá del mercado. Ese riesgo, afirma Blades, siempre mereció su respeto.
Pero el texto no es un elogio complaciente. En uno de sus pasajes más contundentes, Blades aborda las diferencias que los separaron definitivamente. Habla de una demanda judicial interpuesta por Colón relacionada con un concierto cuyos fondos fueron robados por terceros.
Menciona el acuerdo extrajudicial posterior y la ausencia de disculpas, incluso después de que la empresa responsable fuera condenada. El tono es sereno, pero firme. No hay insultos; hay decepción.
A ello se suman discrepancias políticas profundas. Blades expresa su incomodidad ante el apoyo de Colón a figuras que él considera contrarias a los valores que defendieron juntos en sus canciones.
Sin embargo, lejos de cancelar la memoria, insiste en separar el juicio personal del legado artístico. La metáfora del divorcio aparece como clave interpretativa: las relaciones pueden fracturarse sin que ello anule el amor por lo vivido.
La defensa del amigo
El escrito también rescata episodios de solidaridad. Blades recuerda cuando interpretó "Tiburón" en Miami, pese a amenazas, y cómo Colón lo respaldó. Evoca una presentación en el mítico Studio 54, donde un discurso político suyo incomodó a los organizadores. Colón, cuenta, lo defendió frente a los reclamos. Esos gestos, subraya, forman parte de la complejidad humana que no cabe en juicios simplistas.
El cierre del texto es, quizá, el más revelador. Blades traza una línea simbólica entre el llamado a la unidad latinoamericana en Plástico y gestos culturales contemporáneos que reivindican la identidad regional. La semilla sembrada hace casi cinco décadas —sugiere— sigue germinando en nuevas generaciones.
"Usted no está muerto, compadre. Al contrario; ahora es que usted comienza a vivir", escribe. La frase resume el espíritu de la despedida: la muerte física no cancela la obra ni la influencia. Willie Colón, el trombonista rebelde de Nueva York con raíces puertorriqueñas, permanece en cada arreglo vibrante y en cada coro que proclama orgullo latino.
Lo bueno y lo malo en el camino
El texto de Blades es, en esencia, una lección de madurez artística: reconocer lo positivo sin negar lo negativo, honrar la historia sin maquillarla, defender la verdad sin renunciar al afecto. En tiempos de polarización y cancelaciones rápidas, su despedida propone una ética distinta: la memoria completa.
Porque, más allá de pleitos y diferencias ideológicas, lo que ambos lograron fue histórico. Transformaron la salsa en un vehículo de conciencia continental. Le dieron narrativa, identidad y ambición universal. Y, aunque la relación terminó en desencuentro, el legado permanece intacto.