La madrugada todavía estaba húmeda cuando las montoneras comenzaron a moverse entre los caminos de la Costa ecuatoriana. Los hombres cargaban machetes oxidados. Las mujeres llevaban alimentos y vendas. Algunas también iban armadas. Entonces se escuchó el grito: "¡Viva Alfaro, carajo!"
No salió solo de las gargantas masculinas. También lo pronunciaron ellas: las guarichas alfaristas, mujeres que dejaron atrás el miedo para convertirse en parte viva de la Revolución Liberal. La historia oficial casi nunca les abrió espacio. Pero estuvieron allí, en los campamentos, en las conspiraciones y en los combates que terminaron cambiando el país.
Las mujeres de la montonera
Las guarichas no provenían de las élites militares ni de los grandes salones políticos. Eran campesinas, artesanas, esposas de montoneros y mujeres del pueblo que crecieron en un Ecuador atravesado por la desigualdad y el poder conservador.
Mientras Eloy Alfaro levantaba la bandera liberal, ellas sostenían la retaguardia de una revolución hecha desde abajo. Muchas cocinaban para las tropas o trasladaban mensajes secretos entre provincias perseguidas por el ejército oficial. Otras escondían combatientes en haciendas y casas alejadas. Varias terminaron peleando cuerpo a cuerpo con machete en mano.
El machete, usado diariamente en el campo, se convirtió en el arma principal de las montoneras. Con él combatieron también las guarichas en provincias como Manabí, Los Ríos y Esmeraldas.
Entre aquellas mujeres estaba Felicia Solano de Vizuete. Proveniente de Guaranda, entregó su fortuna y a sus hijos a la causa liberal. Cuando recibió la noticia de que uno de ellos había muerto en el combate de San Miguel, respondió con una frase que sobrevivió al tiempo: "He perdido a uno de mis hijos, pero se ha ganado la libertad".
Junto a ella estuvo Joaquina Galarza de Larrea, otra guarandeña que alcanzó el grado de coronela tras participar en los combates del 9 de abril y del 6 de agosto de 1895. En una época donde la guerra parecía reservada para hombres, Joaquina rompió el molde combatiendo en primera línea.
También destacó Leticia Montenegro de Durango, quien completó el llamado trío revolucionario de Guaranda. Las tres se convirtieron en símbolo de una ciudad que abrazó la causa liberal con intensidad.
La revolución también se escribió desde las haciendas
En Guayaquil, otras mujeres comenzaron a mover silenciosamente los hilos de la revolución. Dolores Usubillaga, Juliana Pizarro, Maclovia Lavayen y Carmen Grimaldo participaron en actividades de apoyo político y logístico para las tropas alfaristas. En tiempos donde el control conservador vigilaba cualquier conspiración, sus casas y espacios familiares se transformaron en puntos de encuentro clandestino.
Pero una de las figuras más recordadas fue María Gamarra. Junto a su esposo, Eduardo Hidalgo Arbeláez, convirtió la hacienda Victoria en centro de conspiraciones liberales y refugio de combatientes. Desde allí nació el grupo guerrillero de los Chapulos, una de las fuerzas montoneras más emblemáticas de la Revolución Liberal.
Sus hijos también se incorporaron al Ejército Alfarista y participaron en varios combates. La guerra atravesó completamente a esa familia.
En Manabí apareció la figura de Filomena Chávez, reconocida como coronela y combatiente activa de las fuerzas liberales. Su nombre todavía permanece ligado a las montoneras manabitas que avanzaron por los caminos costeños enfrentando al ejército oficial.
Junto a ella estuvo Sofía Moreira, otra mujer manabita que colaboró con la causa liberal en momentos donde apoyar a Alfaro podía significar persecución, pérdida de bienes o muerte.
En Azuay, Dolores Vela de Veintimilla y Ana María Merchán Delgado también respaldaron la revolución. Merchán fue despojada de sus propiedades por el conservadurismo debido a su militancia liberal. La guerra no solo dejaba muertos. También castigaba económicamente a quienes se atrevían a desafiar el orden político de la época.
Las olvidadas por la historia oficial
En Esmeraldas, Delfina Torres de Concha apoyó activamente las luchas liberales. En Los Ríos destacaron Rosa Villafuerte de Castillo y Cruz Lucía Infante, esta última reconocida también como combatiente.
Desde Yaguachi apareció Delia Montero Maridueña, otra de las mujeres que acompañó a las montoneras alfaristas durante los años más violentos del conflicto. Muchas de ellas siguieron a esposos e hijos hacia la guerra. Otras decidieron incorporarse por cuenta propia. Todas compartían una misma certeza: la revolución no podía sostenerse sin el pueblo. Y ellas eran pueblo.
Sin embargo, después de la victoria liberal, sus nombres comenzaron a desvanecerse de los relatos oficiales. La historia ecuatoriana exaltó generales, presidentes y grandes batallas, pero dejó a las guarichas escondidas entre notas marginales.
Su memoria sobrevivió gracias a los relatos populares, los amorfinos montubios y las historias transmitidas dentro de las familias. Allí siguen apareciendo estas mujeres que cocinaron para las tropas, escondieron perseguidos, entregaron sus riquezas, perdieron hijos o pelearon directamente en combate. No buscaron gloria personal. Buscaron un país distinto.
Por eso, más de un siglo después, las guarichas continúan siendo una de las expresiones más humanas de la Revolución Liberal ecuatoriana: mujeres comunes que, en medio de un país marcado por el fanatismo y la desigualdad, decidieron dejar de bajar la cabeza.