La oscuridad cubría el cementerio de Junín aquella noche del 2 de noviembre de 1982. No había electricidad y las únicas luces eran las velas encendidas sobre las tumbas.
Era el Día de los Difuntos, una de las fechas más arraigadas en Ecuador, donde las tradiciones católicas y populares se mezclan en una ceremonia de memoria y recogimiento. Las familias llegaban con flores, velas y rezos. Algunos se sentaban en silencio frente a las lápidas; otros conversaban como si los muertos todavía pudieran escucharlos.
En ciertas tumbas había música y entre los hombres circulaban botellas de currincho, el aguardiente artesanal típico de la zona. Otros tomaban canelazo, que les calentaba la garganta. Junín, tierra de panela, bizcochuelos y caña de azúcar, vivía esa noche su ritual más antiguo.
El grito que desató el miedo
María Isabel Bravo todavía recuerda el momento exacto en el que todo estalló. Desde el fondo del cementerio comenzaron los gritos. Primero fueron murmullos confusos. Luego, alguien corrió diciendo que un muerto había salido de su tumba. Otro aseguraba que el diablo se había aparecido.
El miedo se propagó más rápido que las explicaciones. La gente comenzó a correr sobre las tumbas. Mujeres abrazaban a sus hijos, hombres tropezaban tratando de encontrar la salida y las velas caían apagándose sobre la tierra. La gente se empujaba. La desesperación reinaba en el camposanto.
Zapatos, bolsos y hasta niños quedaron separados de sus familias durante la estampida. Algunas cruces fueron derribadas y varias tumbas terminaron cubiertas de cera y flores pisoteadas.
Afuera del cementerio estaba Honorato Intriago junto a su esposa Mariana, que se encontraba en las últimas semanas de embarazo. Ambos alcanzaron a ver a la multitud huyendo despavorida. Los gritos y la confusión pusieron tan nerviosa a Mariana que comenzó a sentirse mal esa misma noche. El susto no terminó allí.
La verdad detrás de la leyenda
Al día siguiente, Honorato llevó a Mariana al hospital de Portoviejo. El parto se adelantó y el niño nació muerto. El golpe fue devastador. Honorato enterró a su hijo en el mismo cementerio donde, la noche anterior, todos aseguraban haber visto regresar a un muerto.
La historia fue creciendo entre los habitantes de Junín. Algunos juraban que aquella noche los difuntos caminaron entre las tumbas. Otros aseguraban haber visto sombras salir desde el fondo del camposanto. Pero la verdad era mucho más terrenal.
El supuesto episodio sobrenatural había comenzado por una pelea entre dos hombres que mantenían viejas enemistades. En medio de la oscuridad, ambos se enfrentaron a machete cerca de las tumbas y los gritos provocaron el terror colectivo.
Nadie vio realmente a un muerto levantarse. Sin embargo, más de cuatro décadas después, en Junín todavía hay quienes hablan de aquella noche como si los difuntos hubieran regresado por unas horas para recordarles a los vivos que el miedo también puede convertirse en leyenda.