Honesta Alarcón tiene 78 años y una memoria tejida con hilos de algodón. Se inició en este oficio a los 18, casi por herencia biológica: su abuelo paterno ya trabajaba el tejido y en casa no hicieron falta grandes explicaciones.
Le bastó con observar y practicar para aprender la técnica. "Me gustó y me puse a trabajar", recuerda sobre el inicio de una labor que no ha pausado desde entonces.
En sus inicios, el proceso era artesanal desde la raíz. El algodón no se compraba, sino que se sembraba, se recogía y se desmotaba a mano hasta convertirlo en hilo con infinita paciencia.
Era un ritmo familiar compartido que hoy ha desaparecido. Aunque aprendió a hacer alforjas, pronto las descartó: "Llevaban dos o tres días y casi no daban dinero", explica. Prefirió las hamacas por ser más estéticas y mejor remuneradas.
Un arte que cruza fronteras y desafía décadas
Hoy, aunque el algodón ya no se cultiva en la zona y debe comprar el hilo procesado, la esencia del oficio reside en sus manos. Tejer una pieza le toma unos cuatro días de jornadas intensas, a veces de hasta doce horas seguidas.
Sus creaciones se venden entre los 150 y 160 dólares y han cruzado fronteras hacia Estados Unidos y Canadá. Incluso recuerda a un cliente en Nueva York que, valorando su esfuerzo, le pagó 200 dólares al considerar que el precio original era demasiado bajo para tal calidad.
La durabilidad es su mejor sello de garantía. Honesta conserva una hamaca que tejió cuando su hijo tenía apenas tres años; hoy él tiene 37 y la pieza sigue intacta. "Es por el hilo y por la mano que la teje", afirma con orgullo.
Sin embargo, este rigor técnico es el que aleja a las nuevas generaciones. A pesar de sus intentos por enseñar a jóvenes de Riochico, parroquia rural de Portoviejo, la respuesta es siempre la misma: el trabajo es demasiado exigente.
La soledad de la última tejedora
Honesta es ahora la última de su generación. En un pueblo donde antes abundaban las artesanas, hoy solo queda ella. "Soy la única", dice sin dramatismo.
Durante décadas, este oficio fue su sustento e independencia, el cual alternó con su labor como enfermera particular entre los 24 y los 65 años. Aunque a veces asegura que ya quiere retirarse, confiesa que basta un pedido para que vuelva al telar.
Mientras tenga fuerzas, Honesta seguirá resistiendo al tiempo, igual que sus hamacas. Sus piezas no son simples objetos; son el testimonio de una tradición que se niega a morir mientras sus dedos sigan moviéndose con precisión.