Felipe Navarrete construyó su historia lejos de casa, pero su mayor apuesta siempre estuvo en Manta. Aquí, en su ciudad natal, levantó mucho más que un negocio: levantó un nombre.
Nacido en el barrio Córdova, creció entre el comercio de su padre, un hombre que vendía de todo y que le enseñó, sin saberlo, el oficio que definiría su vida. A los 19 años emigró a Venezuela, dejando atrás estudios inconclusos y un país sin oportunidades claras. "Allá me hice comerciante", resume.
Durante décadas, su vida fue movimiento: viajes constantes a Estados Unidos, compra y venta de ropa, mercados populares y crecimiento económico. Venezuela, dice, era entonces un país próspero donde el dinero circulaba y el trabajo rendía frutos. Pero mientras crecía afuera, sembraba en Manta.
A finales de los noventa compró un edificio en Tarqui que cambiaría su historia. Era un antiguo hotel que decidió transformar. Lo remodeló y lo convirtió en el Centro Comercial Felipe Navarrete.
Más tarde, levantó otro edificio contiguo: un hotel con ascensor, parqueadero y habitaciones accesibles. "Ese edificio era parte de mí", dice. No era solo una inversión; era su legado.
El 16 de abril: entre el caos y el colapso
Todo eso se detuvo el 16 de abril de 2016. Navarrete había llegado a Manta pocos días antes. Esa tarde, una serie de pequeñas decisiones lo mantuvieron en casa: una bodega que no terminaba de arreglarse, un café que pidió antes de salir. Luego, el suelo comenzó a moverse. "Fueron los segundos más largos de mi vida", recuerda.
Dentro de su casa, el caos. Afuera, la destrucción. Su primera reacción fue pensar en su familia; la segunda, en su edificio. Horas después, entre rumores, oscuridad y desesperación, escuchó lo que temía: personas atrapadas en el Centro Comercial Felipe Navarrete.
Caminó hasta el lugar. Lo que encontró no fue un colapso total, sino una estructura deformada. "El edificio no se cayó, se dobló", insiste.
Según su versión, la construcción cedió tras el desplome de una edificación vecina, la sucursal del Banco Pichincha en Tarqui. Eso dejó espacios donde, asegura, había personas con vida durante las primeras horas.
Ahí comienza el capítulo más doloroso. Navarrete afirma que las labores de rescate iniciales no fueron las adecuadas. Habla de maquinaria pesada removiendo escombros sin criterio técnico y de decisiones apresuradas en medio del caos. "Había gente viva", repite.
De la pérdida material al señalamiento público
La tragedia humana se mezcló con la pérdida material. Poco tiempo después, su edificio fue demolido. Navarrete asegura que no estaba completamente destruido y que nunca fue escuchado antes de tomar esa decisión. "Me lo tumbaron sin preguntarme", dice. Pero lo más difícil aún estaba por venir.
Navarrete reitera que el edificio era suyo, pero que lo locales que allí funcionaban eran arrendados
Con el paso de los días, su nombre comenzó a aparecer en medio de las versiones sobre lo ocurrido. El hecho de que el edificio llevara su nombre lo convirtió, según él, en blanco de señalamientos.
Recuerda con claridad un episodio que lo marcó: afirma que el entonces presidente Rafael Correa, en una intervención pública, cuestionó su responsabilidad. "Si ese tipo está vivo, métanlo preso", dice Navarrete que se escuchó en ese contexto.
También señala al entonces fiscal general Galo Chiriboga, quien —según su relato— recibió la presión de investigar su caso en medio del clima político posterior al desastre.
Navarrete fue llamado a rendir versión; sin embargo, asegura que el proceso no avanzó por falta de fundamentos técnicos. "Un fiscal me dijo: ‘¿Cómo lo meto preso si usted no construyó el edificio?’", recuerda. El caso, finalmente, fue archivado.

Un terreno vacío y una carga vigente
Pero la acusación, dice, no desapareció del todo. Para él, el golpe fue doble: perder el edificio y cargar con una sospecha pública que considera injusta. Hoy, el terreno donde estuvo el Centro Comercial Felipe Navarrete ya no es el mismo. No hay estructura, no hay hotel, no hay locales. Solo contenedores que ocupan el espacio donde antes había un símbolo de progreso.
Navarrete sigue trabajando, viajando entre Venezuela y Ecuador. Pero cuando habla de su edificio, su voz cambia. No es solo nostalgia: es reclamo. Porque en su historia, ese edificio no solo se dobló con el terremoto; también quedó atrapado en una narrativa donde, asegura, pasó de ser empresario a señalado. Y esa, dice, es una carga que todavía no termina de caer.