El estudiante francés Basile Grasset aún recuerda con precisión el momento en que llegó a Ecuador. Era el 24 de agosto de 2025 cuando aterrizó en un país completamente desconocido para él, dejando atrás su ciudad en el norte de Francia para instalarse en Portoviejo, en la provincia de Manabí, como parte de su intercambio con el programa Rotary Club.

Desde ese instante, su experiencia comenzó a construirse entre la incertidumbre, el asombro y la necesidad de adaptarse rápidamente a un entorno distinto. En entrevista con Manavisión Plus, relató que sus primeros días estuvieron marcados por una sensación de desorientación, no solo por el cambio geográfico, sino también por el idioma y las costumbres, que se convirtieron en un desafío constante en cada interacción cotidiana.

Durante esas primeras semanas, la comunicación fue uno de los principales obstáculos. No hablaba español, lo que hacía difícil sostener conversaciones básicas con su familia anfitriona. Para poder entenderse, recurrió al traductor de su teléfono celular, herramienta que se convirtió en su puente inicial con quienes lo recibieron en su nuevo hogar.

Las conversaciones se desarrollaban lentamente, entre frases escritas, traducciones y gestos, pero con el paso de los días ese esfuerzo compartido permitió generar confianza. Poco a poco, las palabras comenzaron a tener sentido, las expresiones se volvieron familiares y el miedo a equivocarse empezó a desaparecer.

El estudiante francés explicó que el aprendizaje del idioma no fue un proceso formal, sino una experiencia diaria que se construyó en la convivencia. Cada conversación, cada salida y cada interacción representaban una oportunidad para incorporar nuevas palabras y mejorar su comprensión. Su familia anfitriona, sus compañeros de colegio y sus amigos se convirtieron en su principal apoyo, corrigiéndolo, enseñándole y acompañándolo en ese proceso que, aunque exigente, terminó siendo una de las experiencias más enriquecedoras de su intercambio.

Un proceso de adaptación entre dos culturas

Adaptarse a una nueva familia también fue parte fundamental de su experiencia. Como parte del programa Rotary, vivió con dos familias anfitrionas, lo que implicó atravesar dos procesos de adaptación distintos. Permaneció más de cinco meses con su primera familia y luego se trasladó a otra, enfrentándose nuevamente al reto de entender nuevas dinámicas, reglas y formas de convivencia. Sin embargo, destacó que en ambos casos encontró apertura y apoyo, lo que facilitó su integración y le permitió construir vínculos cercanos.

En ese entorno, no solo aprendió a convivir, sino también a compartir su propia cultura. Uno de los momentos que recuerda con especial significado fue cuando decidió cocinar para su familia anfitriona. Preparó tostadas francesas y crepas, platos tradicionales de su país, en un intento por acercar sus raíces a quienes lo acogían. Aunque conseguir algunos ingredientes no fue sencillo, logró recrear esas recetas, generando un intercambio cultural que, según relató, fue bien recibido y valorado por su entorno.

El estudiante francés señaló que esa convivencia le permitió entender que el intercambio no se trata solo de aprender, sino también de aportar. En ese sentido, destacó que cada experiencia compartida, desde una conversación hasta una comida, contribuyó a fortalecer los lazos que fue construyendo durante su estancia en Ecuador.

Viajes que ampliaron su visión

Más allá de su vida cotidiana en Portoviejo, su experiencia también estuvo marcada por los viajes. Durante estos meses recorrió las cuatro regiones del país: Costa, Sierra, Amazonía y Galápagos, lo que le permitió conocer distintas realidades dentro de un mismo territorio. Visitó ciudades como Quito, Ibarra y Riobamba, además de lugares emblemáticos como el Chimborazo, ampliando su percepción sobre la diversidad geográfica y cultural de Ecuador.

Uno de los momentos más impactantes, según relató, fue su visita a la Amazonía, un destino que soñaba conocer desde niño. Allí convivió con comunidades locales y pudo observar de cerca sus formas de vida, sus tradiciones y sus dinámicas educativas. Recordó especialmente el encuentro con un guía indígena que le enseñó palabras en quichua y le mostró aspectos de su cultura, experiencia que describió como transformadora.

A pesar de estos recorridos, el estudiante francés aseguró que es en Manabí donde ha encontrado su mayor conexión. Portoviejo, con su ritmo cotidiano, y Crucita, con su entorno costero, se convirtieron en lugares significativos dentro de su experiencia, no solo por los paisajes, sino por las personas con las que ha compartido.

Gastronomía, solidaridad y momentos personales

La gastronomía también ocupó un lugar importante en su proceso de adaptación. Desde su llegada comenzó a probar platos típicos de la región, familiarizándose con sabores nuevos. El encebollado, la cazuela y las preparaciones con maní forman parte de sus preferencias, en una experiencia culinaria que, según explicó, ha sido constante durante su estadía.

En paralelo, participó en diversas actividades solidarias impulsadas por el Rotary Club. Estas actividades incluyeron jornadas de limpieza y acciones comunitarias, que le permitieron involucrarse directamente con distintas realidades. Uno de los momentos más significativos ocurrió durante su cumpleaños número 18 en Ecuador, una fecha que decidió dedicar a colaborar con la fundación Rostros Felices.

Una experiencia que deja huella

A pesar de la distancia, mantiene contacto frecuente con su familia en Francia. A través de mensajes y videollamadas, comparte sus experiencias, aunque también reconoce la importancia de vivir plenamente su proceso en Ecuador sin depender constantemente de su entorno de origen. Este equilibrio le ha permitido enfocarse en su presente y aprovechar cada oportunidad que se le presenta.

De cara a los meses que le restan, espera continuar con sus actividades, fortalecer su dominio del idioma y conocer nuevos destinos dentro del país, como Cuenca. También planea seguir desarrollando habilidades y experiencias que ha iniciado durante su intercambio, como la práctica deportiva y su participación en iniciativas sociales.

El estudiante francés concluyó que su paso por Ecuador ha sido una experiencia que va más allá de lo académico o turístico. Se trata de un proceso de transformación personal, en el que ha aprendido a adaptarse, a convivir y a valorar otras culturas. Cuando regrese a Francia, llevará consigo no solo recuerdos, sino también una nueva forma de ver el mundo, construida a partir de todo lo vivido en este año lejos de casa.

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