En tiempos de guerra, incluso el fútbol puede convertirse en un acto de rebeldía. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, el deporte mundial quedó paralizado: las Copas del Mundo previstas para 1942 y 1946 fueron canceladas, los estadios se vaciaron y miles de jugadores partieron al frente.
Sin embargo, el balón no dejó de rodar; siguió haciéndolo entre ruinas, trincheras y ciudades ocupadas. Uno de esos lugares fue Kiev.
En la década de 1930, el fútbol era extremadamente popular en la Unión Soviética. El equipo referente de la región era el Dinamo de Kiev, club vinculado a la sociedad deportiva Dinamo y fundado por organismos ligados al Ejército Rojo.
La guerra que cambió todo
En 1938, el equipo alcanzó el cuarto puesto de la liga soviética, consolidándose como uno de los más competitivos del país.
Pero la historia cambió el 22 de junio de 1941, cuando la Alemania nazi invadió la Unión Soviética. Kiev cayó tras una de las batallas más devastadoras del frente oriental. Muchos futbolistas del Dinamo fueron enviados al combate, otros quedaron atrapados en la ciudad y algunos terminaron en campos de prisioneros.
Entre los sobrevivientes estaba Nikolai Trusevich, el imponente portero del Dinamo. Tras escapar de un campo de concentración, vagaba por la ciudad intentando sobrevivir al frío y al hambre, hasta que fue reconocido por Josef Kordik, un panadero de origen alemán.
En tiempos de paz, Kordik quizá le habría pedido un autógrafo. Pero en la Kiev ocupada, pensó en algo más práctico: le ofreció trabajo en su panadería y le pidió buscar a sus antiguos compañeros.
Poco a poco, los futbolistas aparecieron: hambrientos, enfermos y al borde del colapso físico. Aceptaron sin dudar; el trabajo en la panadería significaba comida y techo. Así nació el FC Start.
Los panaderos que volvieron al fútbol
El equipo lo integraban ocho jugadores del Dinamo —entre ellos Trusevich, Kuzmenko, Klimenko y Goncharenko— y tres del Lokomotiv. Entre sacos de harina y largas jornadas nocturnas, aquellos hombres volvieron a entrenar.
Kordik propuso a las autoridades nazis organizar partidos amistosos contra equipos militares alemanes. Para los ocupantes, el fútbol funcionaría como propaganda para demostrar la supuesta superioridad del Tercer Reich.
El plan no salió como esperaban. El 7 de junio de 1942, el Start disputó su primer partido y venció 7-2. Días después, derrotaron 6-2 a un equipo de Hungría y luego golearon a un combinado rumano.
Lo que empezó como un espectáculo comenzó a incomodar a los nazis: para los ciudadanos, el Start era un símbolo de orgullo; para los alemanes, una humillación pública.
La respuesta llegó el 6 de agosto de 1942. Se organizó un encuentro contra el Flakelf, un poderoso equipo de la Luftwaffe (fuerza aérea alemana). Antes del partido, los jugadores del Start recibieron un "consejo" de las autoridades: debían perder. Pese a las amenazas y a un arbitraje parcial, el Start ganó 5-1.
La revancha que no fue como se esperaba
Tres días después, el 9 de agosto de 1942, se pactó la revancha. El estadio Zenit estaba repleto, vigilado por soldados y alambradas. Antes de iniciar, un oficial de las SS ordenó a los ucranianos realizar el saludo nazi.
Los alemanes gritaron "Heil Hitler"; los jugadores del Start levantaron el brazo, pero lo llevaron a su pecho y gritaron: "¡Fizkulthura!", el saludo deportivo soviético.
El partido fue brutal. El Flakelf abrió el marcador, pero el Start se fue al descanso ganando 2-1. En el entretiempo, oficiales alemanes entraron al vestuario con una amenaza clara: debían dejarse ganar si querían sobrevivir.
Los jugadores volvieron al campo y siguieron jugando. El marcador final fue 5-3 a favor del Start. En una jugada final que quedó para la posteridad, Klimenko regateó al portero alemán y, con el arco vacío, se dio la vuelta y pateó el balón hacia el centro del campo. Fue el gesto definitivo de desafío. La multitud estalló.
La victoria tuvo consecuencias inmediatas. Días después, la Gestapo, la policía creta alemana, arrestó a los jugadores. Algunos fueron torturados y otros ejecutados en campos de concentración, entre ellos Trusevich, Kuzmenko y Klimenko. Solo tres sobrevivieron a la guerra.
Hoy, un monumento en Kiev recuerda a aquellos futbolistas que decidieron ganar cuando perder era la única forma de sobrevivir. Aquel día, el fútbol fue mucho más que un deporte: fue un acto de dignidad humana.