Desde lo alto del mirador de San Mateo, la vista se extiende sobre el océano Pacífico. El horizonte azul parece infinito y, a lo lejos, se dibujan los edificios de Manta. Sin embargo, basta inclinar la mirada hacia el suelo para que la postal cambie abruptamente.
Entre los matorrales y las terrazas construidas para evitar deslizamientos, se acumulan botellas de cerveza. Muchas están intactas; otras, rotas. No son unas pocas. Son decenas tras decenas, esparcidas como evidencia de lo que ocurre cada fin de semana cuando llegan grupos de amigos en sus carros a beber.
La visita y lo que se encontró
Eso fue lo que encontró Alejandro Mera el viernes anterior, cuando llegó al mirador con la intención de tomar fotografías. En lugar de capturar solo el paisaje, se topó con las botellas. Algunas son dejadas por personas que llegan especialmente a beber en el sitio. Algunas las abandonan en las orillas, pero otras las lanzan hacia las terrazas, agravando el problema.
El lugar no siempre fue así. En 2019 se estabilizó el talud donde se encuentra el mirador, frente al puerto pesquero, como parte de una intervención para mitigar riesgos en una zona considerada crítica por la inestabilidad del suelo. La obra buscaba seguridad.
El costo de las botellas de vidrio
Para José Ponce, reciclador, recoger esas botellas no es una solución económica para él. Explica que el vidrio tiene muy poco valor en el mercado: un dólar por quintal. En comparación, el plástico resulta más rentable, ya que lo pagan a 40 centavos el kilo (dos libras, dos onzas). Así, incluso quienes viven del reciclaje encuentran poco incentivo para limpiar el lugar.
La situación contrasta con el potencial del vidrio como material. Puede reciclarse indefinidamente sin perder calidad y transformarse nuevamente en envases. Una botella no tiene por qué terminar su vida útil en el suelo; puede volver a circular hasta 25 o incluso 40 veces si entra en el sistema adecuado.
En Ecuador, sin embargo, el reciclaje sigue siendo un desafío. En 2022 se generaron cientos de miles de toneladas de residuos, de las cuales menos del 10 % fue reciclado. El problema no es solo técnico, sino cultural.
Alejandro lo resume: hace falta acción. El municipio podría retirar las botellas e instalar contenedores, pero también es necesario educar a quienes visitan el mirador. La regla debería ser simple: lo que se lleva, se regresa. No se bota.