Hubo un tiempo en que el nombre de Ben Roberts-Smith era sinónimo de orgullo nacional en Australia. Su figura, alta y firme, parecía encarnar todo lo que un país espera de un soldado: valentía, disciplina y entrega absoluta. En actos oficiales, su uniforme cargado de medallas brillaba como una promesa cumplida. Era, para muchos, la prueba viviente de que el heroísmo no era cosa del pasado.

Pero las historias que comienzan en lo más alto suelen tener caídas estrepitosas. Y la de Roberts-Smith es, quizá, una de las más duras que ha presenciado Australia en tiempos recientes.

Su ascenso se forjó en Afganistán, un territorio áspero donde la guerra rara vez tiene contornos claros. Allí, en medio de la operación Enduring Freedom —la respuesta militar liderada por Estados Unidos tras los atentados del 11 de septiembre—, Australia desplegó miles de soldados. Entre ellos estaba Roberts-Smith, integrante del Servicio Aéreo Especial, el SAS, una unidad de élite entrenada para operar donde otros no pueden.

La reputación crece por sus acciones

En ese escenario, su reputación creció. Las misiones cumplidas, el riesgo constante y las decisiones tomadas en segundos alimentaron la imagen de un combatiente excepcional. El punto culminante llegó en 2011, cuando recibió la Cruz Victoria, la máxima distinción militar australiana. Ese día, su nombre quedó grabado en la historia. Era el soldado vivo más condecorado del país. Durante años, nadie pareció cuestionarlo.

Sin embargo, las guerras no terminan cuando se apagan los disparos. A veces, lo más complejo viene después, cuando empiezan a revisarse los hechos, a contrastarse versiones, a escuchar otras voces. Fue en 2018 cuando comenzaron a aparecer las primeras grietas en la imagen de Roberts-Smith. Investigaciones periodísticas sugirieron que algo no cuadraba en algunas operaciones del SAS en Afganistán.

Lo que al inicio fueron sospechas se transformó en algo mucho más serio en 2020, con la publicación del informe Brereton. El documento, resultado de una investigación interna de las fuerzas armadas australianas, reveló indicios de 39 posibles crímenes de guerra cometidos por soldados entre 2005 y 2016. Las víctimas, según el informe, no eran combatientes, sino civiles desarmados: campesinos, personas ajenas al conflicto, atrapadas en medio de una guerra que no les pertenecía.

A miles de kilómetros de distancia y con años de por medio, reconstruir lo ocurrido no era tarea sencilla. No había escenas del crimen intactas ni pruebas físicas concluyentes. Todo dependía, en gran medida, de testimonios, relatos fragmentados y registros militares. En ese entramado de versiones, el nombre de Roberts-Smith empezó a repetirse con insistencia.

Las acusaciones eran graves: se le señalaba como responsable directo de la muerte de cinco civiles afganos.

Los medios de comunicación son acusados

Ante el golpe mediático, Roberts-Smith optó por contraatacar. En 2023, llevó a los tribunales a varios medios de comunicación, acusándolos de difamación. Buscaba limpiar su nombre, recuperar el relato que lo había convertido en héroe. Pero la estrategia tuvo el efecto contrario.

El proceso judicial expuso aún más los detalles de las denuncias. Finalmente, un tribunal civil concluyó que los periodistas no habían difamado al exsoldado: lo publicado era, en esencia, "sustancialmente verdadero". Las apelaciones posteriores no cambiaron el resultado. La justicia australiana ratificó el fallo, dejando en pie la validez de las acusaciones.

El golpe fue devastador. La figura del héroe comenzaba a desmoronarse públicamente.

El punto de quiebre llegó ahora en abril. Roberts-Smith fue detenido y enfrenta ahora un juicio penal por cinco presuntos crímenes de guerra. La justicia deberá determinar si asesinó personalmente o si ordenó la ejecución de civiles en Afganistán. Él, por su parte, sostiene su inocencia. Afirma que las muertes ocurrieron en combate o que no tuvo responsabilidad directa, y denuncia ser víctima de una campaña en su contra.

Hoy, su destino está en manos de los tribunales. La posibilidad de una condena a prisión perpetua ya no es una hipótesis lejana.

Pero este caso va más allá de un solo hombre. En Australia, ha abierto un debate profundo sobre la conducta de sus fuerzas especiales en el extranjero y sobre los límites del heroísmo en tiempos de guerra. ¿Qué ocurre cuando quienes son entrenados para proteger también son acusados de abusar de su poder? ¿Cómo se reescribe la historia cuando los héroes son cuestionados?

La caída de Ben Roberts-Smith no solo marca el fin de una imagen. También obliga a un país a mirarse en el espejo y preguntarse qué hay detrás de sus símbolos. Porque, al final, la guerra no solo deja cicatrices en los campos de batalla. También las deja en la memoria.