Nelly Ávila, con  los ojos llorosos y la mirada al suelo, dice que a veces solo espera que llegue la noche para dormir y soñar que tiene pies y manos, que está completa.  

Es uno de sus mejores momentos. Sueña que corre por la playa y sus huellas quedan marcadas en la arena, y ella las mira y sonríe. 

Sueña que cocina, que camina por el patio de su casa, siente la tierra en sus pies, algo hermoso; pero luego recuerda que no los tiene y que es solo un sueño, uno bonito, y empieza a llorar.  
Ya le ha pasado varias veces. Y no sabe si llora de felicidad o tristeza. Pero los sueños son eso, solo sueños y duran poco, se terminan, pero a veces es bueno vivir de ellos, cuenta Nelly, de 57 años, sin pies y sin manos.
“Mi vida cambió muy rápido de un momento a otro”, comenta. Ocurrió hace tres años.

Ingresó al hospital con una infección urinaria, pero empeoró, la infección se esparció en su cuerpo y  tuvieron que dormirla.  
Ocho horas después despertó y le habían amputado las dos piernas y las dos manos
Nelly  es diabética. La bacteria que le causó la infección se le regó a las extremidades causándole una septicemia (infección extremadamente grave) y luego gangrena. Los brazos y las piernas se tornaron negras, los médicos decidieron quitarlos. Era eso o morir.

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