Es tradición, cada Primero de Mayo, conmemorar esta fecha histórica con desfiles, discursos, carteles, demandas sociales y feriados, pero, en definitiva, no se ha hecho una pausa reflexiva sobre el verdadero significado de esta fecha.
Algunos consideran que es una oportunidad para el descanso o un símbolo más del calendario oficial, pero no se reflexiona que es un día para conmemorar la lucha, la resistencia y dignidad de la clase obrera mundial.
Este hecho nos remonta a Chicago, EE. UU., 1886, cuando miles de trabajadores, que se hartaron de las jornadas laborales de más de 12 horas diarias, se levantaron para exigir algo que hoy consideramos básico: una jornada de ocho horas. La respuesta del poder gubernamental fue violenta: una brutal represión, sangre y mártires. Pero también hubo un cambio irreversible para la humanidad: la semilla de los derechos laborales que sembraron los mártires con sangre germinó en el suelo de la historia moderna.
139 años después, no se puede dejar de observar las contradicciones de nuestro tiempo. Con avances tecnológicos y discursos grandilocuentes sobre inclusión y desarrollo, aún persisten formas de esclavitud. Los gobernantes, secundados por supuestos líderes de opinión, insisten en posicionar la precariedad laboral, trabajo por horas, “flexibilidad” laboral, salarios que no cubren el costo de la canasta familiar y trabajadores que deben aceptar condiciones indignas por un puñado de dinero para subsistir. Los mártires de Chicago lucharon contra la explotación que hoy se mantiene bajo el lenguaje renovado empresarial y la aparente voluntad de los trabajadores.
Desde la perspectiva política, el panorama no es alentador. En varias naciones, incluida nuestra región, los derechos de los trabajadores se ven constantemente amenazados por reformas que, en nombre de la competitividad o la atracción de inversión extranjera, recortan beneficios que fueron conquistados con sangre y sacrificio. La sindicalización cada vez se debilita, la protesta social se criminaliza y el trabajador queda cada vez más solo frente a un sistema productivo deshumanizado.
No todo está perdido. La historia nos muestra que las conquistas no fueron dádivas, sino fruto de la organización y la persistencia. Por ello, es necesario que este Primero de Mayo no sea un acto festivo, sino un llamado urgente a reconstruir el tejido social y económico que ponga al ser humano, y no al capital, en el centro del desarrollo. Chicago debe ser recordado y proyectado. El reto es asumir el compromiso de construir sociedades más justas, donde el trabajo no sea sinónimo de esclavitud moderna, sino de dignidad y justicia.