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Portoviejo,  mi ciudad
Portoviejo, mi ciudad
Por: Jaime Enrique Vélez

Jueves 29 Octubre 2020 | 08:54

La vida me ha congraciado el haber vivido tres épocas diferentes en el crecimiento y expansionismo urbano de Portoviejo. En mi niñez mi ciudad era pequeña, con gran cantidad de casas de caña guadua, cubiertas de cadi y enquinchadas. Sus colinas lucían verdes y orladas de majestuosos ceibos, yo la recorría desde la aurora, voceando el Diario Manabita. Asistía a mi escuela y a la salida llegábamos al parque central, y en la “placita” jugábamos pelota. Las personas mayores eran querendonas y la mayoría se movilizaban en bicicletas. Tres templos católicos acogían a los fieles y al viejo mercado central llegaban en acémilas los campesinos a vender sus cosechas en la feria dominical.

Llegué a mis años adolescentes y Portoviejo entró en una etapa de modernismo. En sus calles asfaltadas corrían más carros y motos. Se erigieron varios edificios y también el centro comercial que le dio identidad y esnobismo a la creciente urbe. Los centros bailables y los eventos culturales de talante universal dieron a Portoviejo realce y nombradía internacional. La actividad pública y el comercio en todas sus formas la tornaron en una ciudad bulliciosa y festiva que celebraba a rabiar los triunfos de su Liga del alma.
Arribamos al nuevo milenio y la pujante capital no se rezagaba en su afán de lograr un sostenido desarrollo. Las empresas foráneas se interesaban en plantar sus actividades en estos lares. El comercio era boyante y el dinamismo fabril, aunque ello provocara caos, ruido y suciedad en sus calles y portales. Pero carecíamos de industrias y producción local. La materia prima la vendíamos a bajo costo y nutríamos con nuestro consumo interno economías ajenas. 
Todo cambió negativamente para nosotros con el aciago terremoto. La gran ciudad perdió su alegría, el auge comercial se decrementó, el área productiva cerró sus puertas para convertirse en la lúgubre zona cero y Portoviejo hoy es otra capital, que por necesidad se extendió a las periferias, buscando resarcirse.
La ciudad de los reales tamarindos, la Portoviejo singular, cumplió su segundo centenario, acicalada de un atávico abolengo, logrado en su digno labrar cotidiano, forjando para la patria Un horizonte de progreso. Que induzca al soñado desarrollo y bonanza para sus hijos, que sólo se logra cuando se goza de una reminiscencia ejemplar y virtuosa. Saludos fastuosos, para ti, ciudad reina y señora, cuna noble que nos acogiste para germinar Y vivir cubierto en tu sacro lábaro, por eso no hay orgullo más grande que expresar “nací en Portoviejo”. Que tengas muchos años de vida, mi solar amado, siempre, plácida del amor inmortal de tus hijos.
 
Jaime Enrique Vélez
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