Actualizado hace: 1 hora 31 minutos
Keyla Alarcón Q
La Universidad

Crecemos escuchando mitos y cuentos y nuestra educación es el reflejo del cincel de la experiencia vivida por padres, amigos, abuelos, conocidos y la nuestra, lo que es lo propio al ser sociales por naturaleza.

Miércoles 23 Septiembre 2020 | 04:00

Cuando ingresamos a la escuela y colegio se van derrumbando algunas de esas ficciones/creencias, lo que brinda libertad para tomar rumbos diferentes y la universidad se corona como un “quita vendas” que da amplitud de horizonte en todo sentido. ¡Qué increíble ir descubriendo otras versiones de un hecho y a la vez, con melancolía, desechar conocimientos anteriores! Y qué hermoso también ir afianzando aquellas sapiencias que nuestros padres, con amor, se encargaron de compartir. 
En efecto, estudiar es un proceso de rotura y construcción permanente, un camino, no único, pero sí extraordinario en donde se tiene a disposición puertas abiertas a todas las ciencias desde las cuales podemos escudriñar el mundo y a uno mismo. La academia nos hace mejores personas y brinda, sin duda, oportunidades para hacer frente a la vida; por lo tanto, mientras esté a nuestro alcance debemos aprovecharla - en el mejor sentido de esta palabra- y defenderla; recordemos que no hay edad para estudiar, el cerebro es un músculo que con uso se fortalece.  
Estudiar es un buen plan siempre. La academia no es la palabra de Dios, mas sí, como dijo Ortega y Gasset, un espacio donde se aprende a dudar para encontrar algunas verdades. Por ello, triste es decirlo que mientras es de mayor rigor la universidad para encontrar un empleo, el costo de ésta es un privilegio que pocos se pueden permitir; en EE.UU. y Europa los estudiantes culminan sus carreras con deudas enormes y en América Latina ocurre algo similar, pues tenemos profesionales de alto nivel que sufren desempleo y encima cargan las facturas universitarias y las becas no son fáciles de conseguir; de alguna manera la educación se ha convertido en un negocio que mueve mucho dinero, lo que hace que pierda su función social, sensibilidad y ética, cuando debería ser lo contrario y premiar a quien esté ávido por aprender.  
En nuestro país la academia tampoco vive un buen momento, no ha habido la voluntad política para mejorar su nivel y a ello se suma, en algunos casos, su uso como semillero partidista en lugar de un forjador del libre pensamiento y por otra parte la falta de presupuesto que hará mella en las generaciones inmediatas: miles de estudiantes condenados a no estudiar y sus derechos vulnerados.  
La universidad es el reflejo de un país y solo podemos asentir; ojalá algún momento se valore su participación efectiva en la construcción social. 
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