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Es un milagro... Rosita con 76 años venció el coronavirus Covid-19

En un año en que el mundo solo hablaba de guerra, en Manta nacía una niña Coronel que hoy, en plena pandemia, es considerada un símbolo de lucha.

Domingo 19 Abril 2020 | 11:57

En 1943, cuando se desarrollaba la Segunda Guerra Mundial y cuando Ecuador y Perú acababan un conflicto más, en la calle 106 de Tarqui nació Rosa Amelia Coronel López.

Ella tiene ahora 76 años y su guerra fue contra el coronavirus, el mal que está matando a miles en el mundo y especialmente a los ancianos.
Sí. Ella, una mujer con hipertensión, casi ciega y con problemas de diabetes, logró el milagro.
En Ecuador, de los 1.096 muertos entre confirmados y probables por coronavirus, casi la mitad eran mayores de 65 años de edad. Las probabilidades de vida en un anciano con coronavirus son mínimas, pero Rosita sobrevivió.
La señora libró su batalla en el hospital del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS) en Manta. Cuando la internaron no sabía que tenía el covid-19. Su hija, Janeth, la llevó al IESS porque tenía fiebre y malestar.
Ella fue asilada en el área de Emergencia y luego la trasladaron a una habitación. Enseguida le pusieron oxígeno, porque no podía respirar con normalidad.
A su hija no la volvió a ver.
A la semana de estar en el hospital, escuchó a una enfermera hablando con alguien. La licenciada le dijo a esa persona: “Ella tiene coronavirus”.
Allí comenzó su lucha y también sus miedos. Fue feo enterarse así, pero tuvo que asumirlo.
Rosa Coronel había escuchado que ese virus se ensaña con las personas que tienen alguna enfermedad y con los “viejitos”. Ella tiene las dos condiciones.
SU FE. Pero Rosita dice que decidió luchar por sus dos hijos, su esposo y sus cuatro nietos. La victoria la logró gracias a Dios, a la fe que ella tiene en la religión, a los médicos y las enfermeras del IESS, asegura.
“Puse a Dios por delante”, manifiesta con fe.
Fueron 20 días duros. Acostada rezaba y rezaba. Tenía miedo, pero la fe no la dejaba hundir. Al menos tres días estuvo sin comer, y más de quince sin levantarse de la cama. Hubo momentos en que se desmayaba. Las piernas no le respondían. Ella tuvo fiebre, dolor a los huesos y dolor de cabeza.
Afuera, en los pasillos del hospital, estaba Manuel Martín Baque, el compañero de toda la vida de Rosita.
Él tiene 78 años y, aunque unos días tuvo dolor en el cuerpo, decidió irse a esperar noticias de su esposa en el centro médico. Se fue a instalar allí hasta que ella saliera. No tenía miedo a contagiarse, dice. En las noches dormía en el piso, cuando los mosquitos se cansaban de picarle.
Manuel sospechaba que ella, por su ceguera, no podría alimentarse, y lo comprobó cuando le permitieron entrar al lugar donde estaba internada.
Ella tenía tres días sin comer, y desde que él pudo ingresar a la hora de comida Rosita comenzó a alimentarse.
En la habitación había otra paciente. Era una mujer de Portoviejo que también luchaba contra el coronavirus. Hace dos semanas a ambas les dieron el alta. A Rosita la mandaron a estar quince días aislada en una habitación.
Hoy se cumple esa fecha y podrá salir del pequeño cuarto donde está.
El calor le molesta, dice, pero todo sea para mejorar su salud y no transmitirle el virus a su esposo ni a nadie. Hasta el momento, ningún miembro de su familia tiene síntomas del virus.
Esta no es la primera batalla de Rosita: no tuvo un padre a su lado, y junto con su madre y hermanos lucharon mucho para salir adelante solos. Cuenta también que en la década de 1970 la epidemia de la viruela “morada” le mató a dos de sus hijos.
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