Actualizado hace: 51 minutos
José García Parrales
Reconstrucción a medias

Caminar por el centro de Portoviejo o por la parroquia Tarqui de Manta es percibir la desolación. La tragedia del 16 de abril del 2016 parece enquistada en cada terreno baldío, en cada construcción endeble, en cada calle aún destruida.

Domingo 07 Abril 2019 | 04:00

El otrora febril trajinar propio de una época como esta, preludio del inicio de clases, no existe más. El comercio se mudó a otros lugares, donde no ha florecido con la intensidad de siempre, pero busca sobrevivir a los días difíciles, complementados por una crisis económica que aleja el dinero de los bolsillos de la gente.
El terremoto ocurrido hace ya casi tres años remeció la geografía de Manabí pero, también, estrujó los corazones y nos dejó muchas lecciones. Una de ellas: las promesas, por muy serias que parezcan, no siempre se cumplen.
La reconstrucción y la reactivación económica, repetidas por todos, siguen siendo todavía una utopía para buena parte de los verdaderos afectados.
¿Qué otra cosa podría decir si ni en este gobierno ni en el anterior se ha dado a los pequeños productores, a los que perdieron todo menos las ganas de levantarse, la posibilidad de endeudarse para retomar sus negocios, simplemente porque no tienen garantías?
¿Cómo puedo pensar algo diferente si aún hay personas que esperan con resignación que les terminen las viviendas que perdieron durante o después del trágico minuto, y que fueron asignadas a contratistas que, sin expresar detalles, desaparecieron de un día para otro?
¿Hay alguna explicación para el retraso en la reconstrucción de edificios públicos afectados por el sismo y que han quedado ahí, resquebrajados, como una muestra de la indolencia de las autoridades, pese a que en algunos casos estaban asegurados?
¿Podría cambiar de criterio cuando las calles siguen abiertas mientras se ejecutan obras con una desesperante lentitud, en medio de la indiferencia de las autoridades locales?
Con el argumento de la reactivación se priorizaron proyectos que no tenían que ver con la recuperación de las pérdidas que dejó el terremoto, y se dejaron de lado las necesidades de quienes sí afrontaron la desaparición de sus locales, de quienes perdieron sus puestos de trabajo, de quienes debieron sepultar a los suyos y continuar sus vidas, tratando de levantarse por su cuenta. 
Los fondos de la reconstrucción se constituyeron en una especie de caja de emergencia para los gobiernos, a tal punto que en el listado de pagos hechos con ellos aparecen servicios básicos de instituciones públicas, reparaciones de naves militares, guardianía, mantenimiento de vías, entre otros. Y, cuando consideraron necesario, echaron mano de ellos para cubrir algún desajuste en las cuentas fiscales por fin de año.
Manabí sigue esperando la prometida reactivación económica y que se complemente la reconstrucción. El tiempo transcurrido no es poca cosa; el dinero gastado tampoco. 
 
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