Actualizado hace: 1 hora 12 minutos
Personaje
“Si aún estoy vivo es porque dios lo quiso”

Francisco Moreira puede tener muchas dudas, pero menos la de que estuvo “donde las papas queman”, durante la guerra del Cenepa.

Miércoles 03 Abril 2019 | 11:00

“En 1978 salimos 8 del barrio a un curso de comandos paracaidistas en el Cuerpo de Fuerzas Especiales 26, de Quevedo, que todavía no se llamaba Cenepa”, cuenta don Francisco desde un humilde banco en Andrés de Vera.
Para ingresar al curso, de entrada les iban diciendo: “Ustedes prepárense para la guerra”. Y eso es lo que hizo, porque durante un año el aprendizaje incluyó situaciones extremas como la de beber sangre de perro y quedarse tres días en la selva, solo con un machete y un poco de sal, a ver cómo sobrevivía.
El hombre se emociona, como si quisiera querellarse con un presente que, al parecer, no ha sido justo con quien vio la muerte, con sangre y todo, a pocos metros de distancia.
Para 1995, año en que el Perú comenzó a merodear la frontera con malas intenciones, Francisco Moreira ya era sargento segundo en Quevedo.
“Eran como las 02h30, salíamos del rancho en el cuartel, cuando vimos un helicóptero. Nosotros no sabíamos nada, pero el alto mando sí sabía. En ese helicóptero venía el general Paco Moncayo, jefe del Comando Conjunto”, recuerda Moreira.
Sonó una trompeta y les pidieron que en 10 minutos abordaran un avión C-130 que los llevaría a un destino del que ninguno de ellos tenía la menor idea.
La primera parada fue un destacamento militar en Patuca (Morona Santiago); desde allí otro avión los llevó a Gualaquiza, lugar en donde les dijeron que había “cierto problemita con los peruanos”.
Allí lo pusieron al frente, por ser el soldado más antiguo, de la Tercera Brigada de Combate Escorpión.
El próximo destino fue Base Sur -cada vez más cerca de la línea de fuego-, en donde, durante dos meses estuvo en tensa calma.
Al cabo de ese tiempo lo relevaron de Base Sur y lo enviaron a Tiwintza, a la desembocadura del río del mismo nombre con el río Cenepa. Allí la cosa cambió porque, a cargo de un M-16, libró un fiero combate que duró una eternidad.
“Nosotros éramos 15 y los peruanos eran como 90. Estábamos en malas condiciones cuando nos auxilió el COE Nº 21. El capitán Aquiles López pidió apoyo aéreo; llegaron dos helicópteros artillados y los peruanos salieron a la carrera. Cuando salimos de nuestro escondite vimos a dos peruanos muertos”.
Como si aún escuchara las ráfagas de metralla, no duda en decir que “les dimos 3 a 1 y nunca más se meterán con nosotros”.
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