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Manta: Tres pescadores naufragaron y fueron abandonados

Domingo 05 Agosto 2018 | 09:00

Naufragar es morir en vida lentamente.  
Esa es la reflexión de Hugo Mendieta (32), quien hace seis años naufragó en altamar.

Él naufragó junto a su hermano Carlos y con Marlon Silva, cuando navegaban en una lancha que acompañaba la pesca de un bote.

Hugo recordó que el naufragio ocurrió luego de la orden del capitán del bote de hacer el último lance de pesca, a pesar de haberle comunicado por radio que las corrientes marinas estaban fuertes. 
“Hicimos el lance como a las nueve de la mañana, pero al poco rato apareció un pez gigante tipo ballena que se enredó en el espinel y se fue llevando parte de esta red”, dice Hugo.  
Ese accidente lo reportaron al capitán del bote a través del radio. Pero la orden fue que recuperaran el espinel, a pesar de que tenían poco combustible. Obedecieron y por más de una hora buscaron, pero no encontraron la red.
La lancha con sus tres tripulantes se quedó sin combustible y comunicaron aquello al bote.
“Nos dijeron que esperáramos porque pronto venían a remolcarnos”, indica. Y se quedaron esperando, confiados en que en un par de horas estaría allí la embarcación.
Eran la tres de la tarde y  no llegaban a rescatarlos. Los pescadores creían que estaban a cinco millas de distancia del bote.
La tarde terminó  y nunca más le respondió el capitán del bote. La comunicación se interrumpió totalmente. 
“Nuestra esperanza era que en la noche o madrugada llegaran a buscarnos.
Tuvimos que ahorrar el cuarto de agua que teníamos en un galón desde el primer día. Sólo nos mojamos los labios”. 
Las galletas se acabaron al segundo día. Los otros días comían el pescado que se cruzaba cerca de la lancha y capturaban.
En las noches se turnaban para vigilar si se acercaba algún barco que los pudiera rescatar.
“Las fuerzas se nos acababan y estábamos deshidratados. Todos pensábamos que no veríamos más a nuestra madre, esposas e hijos, la desesperación era grande. Hubo llanto e impotencia entre nosotros”, dice.
En la noche del noveno día un barco atunero los salvó. Los náufragos vieron la embarcación y remaron para alcanzar el barco, y fueron vistos por la tripulación. Allí recibieron los  primeros auxilios. Los tres se comunicaron con sus  familias, que no estaban enteradas del naufragio. Cosas de la vida: los tres pensaban que sus parientes sufrían por ellos en tierra.
Hugo dice que cuando llegaron se enteraron de que el capitán del bote el primer día del naufragio se regresó a Manta a descargar la pesca y nunca reportó la pérdida de ellos a la Capitanía del Puerto. Sólo regresó al otro día a buscarlos en el bote. Los tres le siguieron un juicio, pero al final el tema se zanjó extrajudicialmente con una indemnización económica.
Hugo sigue trabajando en la pesca, pero como maquinista de barcos. No quiere saber nada de lanchas. Su hermano nunca más regresó al mar, y su amigo ahora trabaja en un atunero. 
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