Actualizado hace: 1 hora 3 minutos
Aún se llora a canelita

“Padre no me dejes morir”, fueron las últimas palabras de María Canela González dichas a su acompañante luego de un accidente de tránsito.

Domingo 31 Diciembre 2017 | 03:00

Ella iba en calidad de pasajera en la motocicleta conducida por su progenitor Diógenes González el 3 de agosto del 2016 cuando una volqueta le cerró el paso. 

El pequeño vehículo y sus ocupantes cayeron, mientras que el carro causante se dio a la fuga.
La pequeña tenía 10 años de edad.
 
Apoyo. González quiso seguir el automotor, pero su hija lo tomó del brazo, y le pidió que no la dejara morir, entonces el sentimiento paternal pudo más que el coraje y se quedó junto a la niña hasta que llegue la ayuda. 
La charca con la sangre de la menor hizo presumir la gravedad del caso.
20 minutos después arribaron los paramédicos del Cuerpo de Bomberos. Llevaron a María Canela a la emergencia del hospital del Seguro Social, donde solo confirmaron la muerte.
“Al parecer la volqueta que los tocó incrustó puntas metálicas en la espalda y reventaron sus pulmones”, aseveró Teresa Pachay, mamá de María.
Ella, su esposo y la niña ese día almorzaron juntos, algo que no acostumbraban.
Justo ese día su esposo fue con la niña al lugar donde Teresa trabajaba y fueron a comer juntos.
 
Cariñosa. María Canela, conocida en su familia como Canelita, era la última de cuatro hermanos y por lo tanto era la consentida de todos.
Su muerte apagó la felicidad de la casa, ubicada en las calles Sucre y Kennedy de la parroquia Picoazá, de Portoviejo.
Ahora la vivienda luce sombría y copada de fotos de la infante.
Cuando llega una visita es que encienden las luces para mejorar la visibilidad. 
Su papá, y quien sobrevivió en el accidente de tránsito, es militar en servicio pasivo. El golpe de la volqueta le provocó una lesión en la clavícula que ya curó, “pero en su interior sigue herido”, dijo su esposa.
“Los médicos expresaron que amerita una operación, pero él no quiere saber nada de los quirófanos”, precisó Pachay.
Ella está segura que muchas ocasiones la parte del cuerpo afectada tiene algún dolor, pero Diógenes disimula para no preocupar a sus allegados.
 
Retorno. Recordó que a Canelita la recogían en la escuela Gran Colombia, localizada en la ciudadela Los Tamarindos, y cuando la volqueta los embistió se dirigían a su vivienda, alrededor de las 13h20.
El sepelio, como no podía ser de otra manera, reunió a sus amiguitos, quienes formaron parte del cortejo fúnebre hasta el sepelio de Picoazá, donde reposan los restos. 
La casa no volvió a ser como antes, mencionó Pachay. La habitación de la niña fue derrocada y se sumó a la sala, donde una gigantografía recoge imágenes de ella en sus diversas facetas, especialmente aquella que se hacía, ya que solía disfrutar de los autorretratos.
 
Impunidad. “La muerte de mi hija quedó impune, pero todo se lo dejo a Dios, quien al final de todo es el único que aplica la justicia verdadera”, citó Diógenes González.
Recordó que el día del accidente todo era paz y tranquilidad en el trayecto.
Pero al dirigirse a su casa, a la parroquia Picoazá, tras pasar el redondel entre Los Cerezos y el complejo deportivo, una volqueta se adelantó a otra y esta para no golpearla se hizo a un costado.
Entonces rozó el timón de la motocicleta y cayeron a un costado de la carretera.
El accidente de tránsito conllevó a que los vecinos del sector cierren la vía y quemen llantas para obligar a las autoridades  a tomar acciones con relación al paso de las volquetas hacia las canteras de la  parroquia Picoazá.
Ramona Zambrano, habitante del lugar, dijo que la muerte de la niña la impactó de gran manera, ya que veía reflejado el rostro de sus hijos y nietos.
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