Actualizado hace: 7 horas 50 minutos
El valor de la palabra
El valor de la palabra
Por: Libertad Regalado
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Jueves 28 Diciembre 2017 | 04:00

La palabra, con el ir y venir de los días, ha ido perdiendo ese ingrediente necesario: la verdad; ahora camina huérfana de esos valores que le habíamos dado: compromiso, promesa, pacto, convenio. Pasó de ser el mensaje oral de la honestidad, al mensaje de la mentira; por ello que la hemos reemplazado por documento escrito y firmado por escribano (pagaré, letra de cambio), capaz de otorgar la confianza perdida, de asegurarnos de que esta vez sí va a cumplir con lo ofrecido.

Por eso es que “palabra de hombre”, “palabra de honor”, “mi palabra es papel sellado”, son parte de la galería de ese museo en el cual van a parar valores y principios de antaño. No sé si aún podamos confiar en la “palabra de gallero”, que es con la cual se pacta los compromisos que los espectadores contraen en medio de la euforia en las peleas de gallos.
Desde que nacemos, lo que nos une y ata a los demás son las palabras, y estas las vamos adquiriendo unidas a un objeto o acción en particular, y así vamos conformando nuestro mundo y surgiendo una serie de interacciones familiares, laborales, comunitarias; todo basado en la palabra. Por eso, para muchos representa su valor como seres humanos, su sello de presentación, la imagen del ser interior; para otros, en cambio,  se ha convertido simplemente en sonidos vacíos que emergen de sus bocas, muchas veces con fines protervos. 
El porqué de esta transformación, según algunos estudiosos de la comunicación, lo relacionan con la vida competitiva en la que nos toca vivir, donde a veces las verdades deben ser disfrazadas para evitar dañar susceptibilidades; por lo tanto, se vuelve necesario decir medias verdades o mentir para no hacer sufrir al otro. 
Y en este carnaval en que hemos convertido la vida aprendemos a dorar las mentiras, a ser ambiguos como los criterios jurídicos de abogados, a incumplir con las promesas; y nos volvemos expertos en las excusas, que son productos de la capacidad inventiva al servicio de la mentira. 
Esta forma de usar las palabras lo único que ha motivado es la pérdida de confianza en las personas y a tildarlos de personalidades vacías, inseguras, débiles, que nada bueno hacen a la vida familiar, laboral o social.
Con el tiempo he aprendido que las palabras son parte de nuestro patrimonio cultural, definen nuestra razón de ser y hacer, están presentes en la historia, en las costumbres, tradiciones, en los mitos y leyendas, son las que nos definen, las que dan ese valor de honestidad a nuestros actos, es mejor que nos digan duros, fríos, frontales, a veces despiadados, porque aprendimos que “al pan, pan y al vino, vino”, sin artificios ni rodeos, sin medias tintas, tal como es. Muchas veces mantener tu palabra puede costarte una amistad, pero no tu dignidad de ser humano. 
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