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Cultura
Mujeres tsáchilas le apuestan al turismo

Génesis y Miriam Calazacón son dos jóvenes tsáchilas que laboran en el centro turístico Muishily como guías nativas.

Jueves 06 Julio 2017 | 04:00

Con agilidad y actitud reciben a los visitantes que llegan a este sitio en busca de aprender la historia, las costumbres y las tradiciones de la etnia.

En esta ocasión, Génesis guió por los senderos a un grupo de cinco personas, entre ellas Alejandro Alcuria, médico cubano, quien por primera vez visitaba Santo Domingo y por ende un centro turístico de la etnia. Con atención escuchó a la joven que empezó diciendo que cuentan con siete comunidades y que el idioma que hablan es el tsáfiqui.
Durante el recorrido encontramos plantas de achiote, considerado un símbolo de vida porque les salvó de la fiebre amarilla en la época de sus abuelos, dijo el turista. 
También mencionó que hay dos clases de achiote, el de montaña, cuya cáscara es de color verde,  y el común de cáscara color rojo, ambos los utilizan para la comida y los hombres para tinturarse y moldearse el pelo.
La guía se refirió a la vestimenta que utilizan los hombres y las mujeres tsáchilas, la cual se está tratando de rescatar con los niños. Habló sobre la comida típica, como los mayones, el seco de guanta, la guatusa, entre otros. Indicó que su sustento económico es  la agricultura y en la actualidad el turismo.  
Hacen también baños de vapor. “Una olla llena de agua y montes hirviendo encima de grandes piedras observamos durante el recorrido”, señaló Génesis, lo cual se trata del baño de piedra o de vapor natural.
“Calentamos las piedras unas dos horas, se cocinan hojas de planta caliente, como el achiote, en un horno hecho en la tierra; luego las piedras encendidas son colocadas en un hueco junto con el agua hirviendo, a pocos pasos se sienta el paciente, se tapa con una colcha y empieza a expulsar las toxinas del cuerpo”, explicó. Este proceso sirve para curar reumatismo, dolores de hueso, dengue, paludismo y quita el estrés.  Es recomendado hacerlo al caer la tarde, indicó.
En una casa hecha de caña guadúa y techo de paja toquilla, como eran antes las viviendas de la etnia, se encuentra un museo donde se halla todo lo que utilizaban los antepasados. Empezando con el piso de tierra, el fogón, cómo era la cocina, también tienen pieles de animales que anteriormente cazaban para comer como el armadillo, el puerco zaino y la tortuga.
Asimismo, se observó el mate que usaban para tomar agua o servirse la comida, así como las ollas de barro, el andador que utilizaban para que los niños aprendieran a caminar, la cama típica de caña, la madera del pambil con la que se hacían ataúdes para enterrar a los muertos, entre otras cosas.
Algo que le llamó la atención a Alejandro fue el templo de sanación, construido en una fosa en el subsuelo. Aquí se realizan varias clases de ceremonias y rituales, hay una serie de plantas para la práctica de la medicina ancestral, velas, piedras y todo lo que un poné tsáchila necesita para un ritual.
Al salir de este sitio vimos un trapiche donde se hace el jugo de caña o malá, indicó. Génesis dijo cómo lo utilizan, en especial los hombres.
Al finalizar el recorrido se llega a un espacio donde se disfruta de la música y la danza. 
Hombres y mujeres tsáchilas tocan la marimba, el cununo, la guasá, el bombo y un simulador de sonido o palo de lluvia, instrumentos de percusión y de viento hechos con material de la zona, como la caña guadúa y  el pambil.
Para Alejandro esta fue una experiencia increíble, le gustó conocer sus costumbres, cómo se desempeñan a pesar de la evolución científico-técnica para mantener sus raíces y extender sus hábitos culturales para que sean conocidos. 
Antes de irse, los turistas pasan por donde Miriam, quien está al frente de las ventas de artesanías, donde hay una variedad de productos hechos por las manos de la mujer tsáchila. Esto llama la atención de los visitantes, quienes adquieren los detalles a buen precio.
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