Actualizado hace: 1 hora 36 minutos
El vacío de poder
El vacío de poder
Por: Clemente Orellana Sáenz

Sábado 01 Julio 2017 | 04:00

Cuando se terminan las funciones de presidente, dictador, jefe supremo, encargado del poder o cualquier sinónimo que signifique detentar el poder político, económico, social, peor cuando se lo ha ejercido por muchos años, se hace pedazos la estructura de la personalidad de cualquiera al terminar en forma abrupta las funciones que lo hacían un ser excepcional, una persona halagada en forma permanente, cuándo los aúlicos de palacio le han calentado las orejas con los mejores adjetivos calificativos que puedan existir en cualquier idioma.

“Ud. es el mejor, es un genio, nació para gobernar en forma eterna, es el mesías, tiene un coeficiente intelectual mayor al de Bolívar y San Martín, el pueblo lo adora, lo idolatra, ha hecho el cambio, es el segundo libertador, es el autor intelectual de la revolución ciudadana, de la transformación social en beneficio del pueblo, está predestinado para gobernar en forma infinita”; y por supuesto, ante tantas lisonjas el individuo llega a creer que es el dueño de la verdad absoluta. Y claro, quien disienta de él se convierte en el primer archienemigo y si es necesario enjuiciarlo se lo debe hacer, hasta quitarle todo y que se pudra en una cárcel o se largue al exilio.
Por eso el afán, la desesperación, de reelegirse en forma indefinida o tomar el poder para siempre, sea por elecciones amañadas en una “careta” de democracia, o en una auténtica dictadura. Y tenemos muchos ejemplos en el mundo entero, pueblos que sufren la opresión, hambre, derechos inalienables quitados a la fuerza, con barbarie, asesinatos, violaciones, crímenes de lesa humanidad. Fuerzas Armadas que se convierten en guardias pretorianas y siembran la violencia, el odio, las matanzas de los jóvenes, como sucede ahora mismo en Venezuela; con delincuentes uniformados que basan su dialéctica en un tiro certero y preciso a una persona desarmada y creen que pueden quedar en la impunidad.
Se terminan los honores, los amigos, las mujeres, la buena vida, las alfombras rojas, las calles de honor, la majestad del poder, los sueldos llevados en charol de plata, los viajes a todos los confines del mundo. Pasan de un pedestal de campeones en un solo golpe a ciudadanos comunes y corrientes; les traicionan los comensales de palacio, los compañeros de partido, los que les juraron amor eterno y lealtad para siempre, porque el ser humano es el depredador más grande, siempre busca la comida en forma fácil y si el rey ha muerto en forma inmediata “viva el nuevo rey”
Esto produce un choque, un impacto psicológico, una agresión a la personalidad, un desequilibrio de la razón, de la capacidad de análisis, una esquizofrenia aguda o permanente, en donde se empiezan a ver alucinaciones y oír voces de los enemigos que quieren destruirlo, que ya no le obedece nadie. Esa es la soledad enorme, acompañada de ansiedad, angustia, desesperación, pánico, tristeza, llanto fácil, dolor del pecho, sensación de muerte, dolor del alma, que solo se cura con aceptación de la nueva situación: ser y parecer un ciudadano más en una sociedad, dejando a un lado la prepotencia, la rabia y los complejos de creerse el intocable inmortal.
 
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