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Manta
Las tristes quinceañeras: Se quedaron sin fiesta tras el 16A

Ariana López ha preferido no ver más el vestido que la noche de sus 15 años no terminó de lucir. El terremoto se lo impidió antes de llegar a la iglesia.

Domingo 24 Julio 2016 | 06:41

El traje es color turquesa y su confección costó 200 dólares. 

Los primeros días después del sismo, Ariana conservaba el atuendo en casa, pero luego decidió separarse del vestido por la tristeza que le causaba al verlo. 
La familia optó por guardarlo en la vivienda de un pariente lejano para evitar que la quinceañera siga llorando.
Rosa Delgado comprende la tristeza de su nieta. Es que ese día era muy especial, era único, recordó. 
“Toda la familia estaba ilusionada y contenta de celebrar los 15 años de la mayor de mis nietas. Era una fiesta muy especial que se había organizado con el apoyo de toda la familia”, dijo Delgado. 
Ese 16 de abril, a las 18h30, Ariana estaba casi lista para acudir a la iglesia Rosario de Tarqui, a presenciar la misa de sus 15 años. La eucaristía iniciaba a las 19h00. Minutos antes, en la red social Facebook ya circulaban fotos de Ariana con su vestido turquesa anunciando la celebración. Todo iba bien, hasta ese entonces. 
A varias cuadras del hogar, la música sonaba en la pista que, después de la ceremonia, recibiría a los invitados y a la quinceañera.
Las mesas, sillas, luces, la torta, los bocaditos y la comida estaban en sus puestos. Todo estaba listo para avanzar a la iglesia cuando se presentó el sismo de 7.8 grados, a las 18h58.   
La familia pensó que se trataba de un simple temblor, hasta que se fue la luz y empezaron a escuchar de muertos e inmuebles destruidos en Tarqui. 
La quinceañera se quitó la gala y escapó junto a su familia a Montecristi porque el rumor de un tsunami tomaba fuerza en el sector. 
Ellos viven en la avenida 103 del barrio Lazareto. 
En el escape hacia otra tierra, Ariana y su familia vieron una ciudad destruida.  
Horas después, a las 4 de la mañana del domingo, varios familiares regresaron al lugar donde se iba a realizar el baile para rescatar lo que se podía: comida, gaseosas, licor y caramelos. Más de 200 presas de pollo se dañaron junto a decenas de bocaditos. 
Organizar los 15 años costó a la familia más de dos mil dólares. Pero la ilusión no se ha perdido. Si no pasa nada la fiesta podría concretarse en diciembre. 
La decisión la tomarán  pronto ya que Ariana tampoco ha renunciado a su vestido. 
Esa noche en la iglesia Rosario se iba celebrar una misa por dos quinceañeras: la de Ariana y otra adolescente que llegó con el caballero e invitados y luego del terremoto salieron corriendo del templo.
LA CELEBRACIÓN DE 7 MIL DÓLARES. Otra y la única quinceañera que se iba a celebrar en la iglesia La Dolorosa era la de Flor María. La noche esperada desde agosto del año pasado se debía concretar el 16 de abril. Organizarla costó 7 mil dólares, dijo Flor Vásquez, madre de la adolescente.
Con lágrimas, recordó la alegría de su hija luciendo ese día el ancho vestido color melón que envió a confeccionar. “Estaba hermosa”, dijo la madre. 
La misa iniciaba a las 19h00, pero había un acuerdo familiar de llegar cinco minutos después. Es que siempre se dice que las cosas nunca empiezan a la hora que es. 
Y por pensar así, el terremoto agarró a la quinceañera en casa, justo cuando ya se disponía a cruzar la puerta de salida. 
Ellos viven en el barrio Santa Martha, perteneciente a la parroquia Manta y cuyo impacto del terremoto fue mínimo a diferencia de Tarqui y Los Esteros. 
Por esta razón, Flor pensó que nada grave había ocurrido en la ciudad y decidió avanzar camino a la iglesia en un vehículo. 
En el trayecto observaron casas destruidas y postes caídos. Al llegar a la iglesia vieron a gente correr y llorar, pues a una cuadra se reportaba siete personas muertas tras el colapso de un edificio. La familia entendió lo ocurrido y regresó a casa para refugiarse. 
La quinceañera se mostró fuerte hasta que varias amigas la abrazaron y soltó el llanto. En cambio, Flor sí lloró en reiteradas ocasiones y por varios días. Lo hacía en silencio, sin que su hija la viera, para no transmitirle tristeza por la celebración frustrada. Ella envolvió el vestido de 15 años con varias fundas y lo guardó en el clóset para no verlo.
Días después la familia decidió ver un vídeo hecho con fotos de la quinceañera que iba a ser proyectado en la fiesta, entonces la cumpleañera abandonó la sala muy triste porque no resistió verse. 
Pero al igual que el primer caso, la ilusión no se ha perdido. La fiesta se hará a finales de agosto, aunque con menos invitados. 
Ahora será algo más reservado. Será en el mismo salón donde inicialmente iban a festejar, con la misma banda musical, con pocos recuerdos y sin la coreografía que tradicionalmente baila la quinceañera. Esta vez la misa se hará en la iglesia de Santa Martha. 
YA NO QUIERE FIESTA. Luis Coronel, sacerdote de la iglesia Divino Niño, recordó que esa noche celebrarían dos quinceañeras, pero solo una había llegado temprano. Cuando la tierra dejó de temblar vio a la cumpleañera desmayada en el piso. Luego que ella reaccionó, él se le acercó para darle la bendición y decirle que se marchara a casa, pues ya no había misa. Esa chica fue Andrea Loor, quien junto a su madre, María Loor, corrieron cerca de tres kilómetros camino a casa, en el barrio Altagracia, tratando de ponerse a buen recaudo. 
No había taxi disponible en ese momento y el vehículo que se suponía la iba a trasladar nunca llegó. 
Andrea lloraba y corría por la calle asustada, agarrando su enorme vestido color fucsia, para no tropezar. La gente se apenaba al verla. 
Andrea cumplió 15 años el 10 de enero, pero su madre decidió celebrarlos el 9 de abril. Luego cambiaron la fecha para el 16  porque aún faltaban varios detalles.
La fiesta costó 2.500 dólares y se haría en la propia vivienda.  Cuando llegaron a la casa vieron a todos sus vecinos alojados en un terreno baldío. Trataban de protegerse de algún poste o estructura. 
¿Por qué a mí, por qué?, se preguntaba Andrea mientras su madre la consolaba. Esa noche sobraron lágrimas en ellas. Es que María invirtió todo su dinero del trabajo para celebrar la fiesta rosada de su hija mayor. 
La mañana del domingo María empezó a repartir en el barrio la comida que se supone era para la noche. Ahora los invitados eran más de 150 vecinos trasnochados y hambrientos.
Andrea ya no quiere fiesta. Ha quedado con miedo de que se vuelva a estropear si decide hacerla, dice. 
María prefiere respetar la decisión de su hija y no insistir. 
Ambas han comprendido que esa noche pudieron haber muerto. 
Por esta razón dejaron la decepción a un lado. 
En estos días Andrea sonríe contado su experiencia. Pero claro, la cura no ha sido del todo; hace dos semanas lloró viendo los quinceaños de una amiga.
En ese instante recordó el vestido que tanto deseó lucir, pero que después del hecho optó por arrojarlo en la bodega de su casa. 
El jueves, para la entrevista, Andrea lo sacó, abrazó, se lo ubicó en el pecho y luego lo volvió a guardar.  
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