Los prestamistas informales, conocidos popularmente como "chulqueros", se han convertido en objetivos de una ola de secuestros perpetrados por bandas delictivas que buscan extorsionarlos y exigirles pagos, práctica conocida como la "vacuna".

Es frecuente observar a grupos de hasta decenas de personas recorriendo barrios y comercios en motocicletas, con suéteres, gorras o incluso pasamontañas. Estos prestamistas visitan casas, tiendas y pequeños negocios diariamente para cobrar préstamos que otorgan a quienes no pueden acceder al sistema financiero formal.

En la actualidad, la tecnología juega un papel clave, ya que muchos de estos prestamistas usan aplicaciones móviles para administrar el cobro de sus cuotas, registrando cada pago en tiempo real al estilo de un banco. Sin embargo, las condiciones para los clientes distan mucho de las de una entidad financiera: los intereses diarios y semanales pueden oscilar entre el 20% y el 40%.

Normalmente un prestamista informal suele manejar entre 100 y 200 clientes activos en su ruta, según estimaciones recogidas entre personas del sector.

Crecimiento de la violencia y amenazas

El aumento de clientes y operaciones ha traído consigo una escalada de violencia, cuyo blanco ahora también son los propios prestamistas informales. En muchos casos, los delincuentes estudian los movimientos de estos trabajadores y los interceptan para exigir pagos extorsivos bajo amenaza de daño físico.

Son decenas los prestamistas informales que han sido secuestrados de forma temporal por grupos delictivos que suelen exigirles dinero para "permitirles trabajar".

El silencio ante las extorsiones

Según testimonios conocidos en el ámbito de la economía informal, la mayoría de estos secuestros se resuelve con el pago del llamado "rescate", sin que los afectados presenten denuncias oficiales ni busquen el apoyo de la Policía Nacional. Esta tendencia al silencio se alimenta por el temor a represalias y una desconfianza en los mecanismos de protección oficial.

Estos episodios se manejan como secretos a voces entre los actores del sector. Los afectados prefieren quedarse callados y resolver los casos por su cuenta, repitiéndose una y otra vez el mismo ciclo: secuestro, exigencia de la vacuna y liberación tras el pago.

El doble filo de la informalidad

Los prestamistas informales gozan de fama de ser agresivos cuando se trata de cobrar a los clientes que se atrasan o dejan de pagar, empleando tácticas de presión para obtener lo que consideran justo. Sin embargo, esta imagen de dureza contrasta ahora con una realidad en la que ellos mismos han pasado a ser víctimas del hampa.

El sector de los préstamos informales, conocido por su rápida movilidad y métodos poco ortodoxos de recaudación, enfrenta así el desafío de soportar tanto la presión de quienes deben cobrar como el asedio de la delincuencia organizada que ve en estos prestamistas un blanco fácil para el chantaje y la extorsión. (22)