Hubo un tiempo en que El Aromo se vestía de fiesta como si el calendario se detuviera. Las celebraciones de San Pedro y San Pablo no eran solo una tradición religiosa: eran el pulso mismo de la comunidad, el momento en que nadie quedaba fuera y todos eran invitados.
Así lo recuerda Homero Luterio, presidente de la comunidad, con una nostalgia que pesa más que los años: "Antes todo el pueblo era invitado". Y en esa frase cabe un mundo que ya no existe, pero que sigue vivo en la memoria colectiva.
Las fiestas de El Aromo, cuando todos eran invitados
Las fiestas eran grandes, generosas, casi desbordadas. Había música, comida, baile y un sentimiento profundo de comunidad. Pero también había algo más: el regreso. Porque durante décadas, muchos habitantes de El Aromo migraron a Venezuela, atraídos por el trabajo en empresas como Polar.
Desde Manabí, y especialmente desde las zonas rurales de Manta, partieron hombres y mujeres jóvenes que encontraron en la industria venezolana una oportunidad que su tierra no podía ofrecerles entonces.
Cuando volvían, no regresaban con las manos vacías. Llegaban camiones cargados de cerveza Polar, whisky, regalos y anécdotas. El retorno era celebrado como una victoria compartida. Incluso gerentes venezolanos de la empresa cruzaron fronteras para sumarse a las fiestas.
Uno de ellos, Ramón Gallardo, dejó su nombre grabado en una placa que aún se conserva en la escuela de El Aromo, como testimonio de esa época de bonanza y hermandad binacional, recuerda Homero.
Empresas Polar, gigante industrial venezolano de alimentos y bebidas, fue más que un empleador para muchos: fue un vínculo directo con el progreso. De esa relación no solo quedó la memoria festiva. También quedó una obra concreta y duradera: la reestructuración de la escuela de El Aromo.
Antes, el plantel era de caña y carecía de una infraestructura adecuada. Gracias al aporte de la empresa, la escuela fue reconstruida y entregada a la comunidad.
Todo cambió, las fiestas no son iguales
Pero el tiempo pasó y la historia cambió de rumbo. Desde aproximadamente 2010, las fiestas comenzaron a achicarse. La crisis venezolana hizo imposible lo que antes parecía natural: traer camiones, bebidas, regalos.
Las grandes celebraciones se volvieron actos más pequeños, compartidos apenas con comunidades vecinas como San Lorenzo, Pacoche, Santa Marianita o San Mateo. "Eso ya no se da como antes", dice Homero, con la resignación de quien ha visto apagarse una luz.
Hoy El Aromo tiene cerca de dos mil habitantes. La vida transcurre entre la agricultura, la construcción y una pesca cada vez más amenazada por la inseguridad marítima y los robos. El último censo comunitario revela que alrededor del 10 % de la población mantiene vínculos con Venezuela: personas que nacieron allá, que emigraron en tiempos de bonanza y que regresaron, sobre todo desde 2016 y durante la pandemia, empujados por la crisis.
De Caracas a Manta, su nueva vida
Uno de ellos es Carlos Alberto Lugo Milano, de 67 años. Nació en Caracas. Formó familia con una ecuatoriana de El Aromo. Y luego vio cómo todo se desmoronaba. "Por problemas allá en Venezuela, por lo que ya todos sabemos", dice, sin necesidad de explicar más.
Hace siete años llegó a El Aromo buscando un poco de tranquilidad. Llegó con sus enfermedades y camina con dificultad. Volver a Venezuela no está en sus planes; su historia, como la de muchos, quedó partida entre dos países.
Así, entre la escasez de agua, los cambios económicos y la memoria de tiempos mejores, El Aromo sigue de pie. Ya no llegan camiones de cerveza ni gerentes extranjeros, pero quedan las historias, las placas, la escuela y las voces que insisten en recordar. Porque mientras alguien cuente cómo eran las fiestas de San Pedro y San Pablo, El Aromo seguirá celebrando, aunque sea en la memoria.