De la realidad al cine: Toro Salvaje, La furia que se devoró a sí misma

Jake LaMotta, un boxeador feroz que conquistó el ring, se destruyó fuera de él con su temperamento ingobernable. Toro Salvaje de Scorsese y De Niro eterniza su tragedia como un retrato crudo de la lucha interna.

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4 minutos de lectura
De Niro compartió horas con el boxeador para interpretar el personaje en "Toro Salvaje".
De Niro compartió horas con el boxeador para interpretar el personaje en "Toro Salvaje".
De Niro compartió horas con el boxeador para interpretar el personaje en "Toro Salvaje".
De Niro compartió horas con el boxeador para interpretar el personaje en "Toro Salvaje".

Freddy Solórzano

Redacción ED.

Freddy Solórzano

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Primero subió a un escenario y creyó que era su lugar. Fue hermoso mientras duró. Dejó el teatro... Ver más

Nueva York, 1941. Jake LaMotta sube al ring como la gran promesa blanca de los pesos medios. Esa noche pierde su primera pelea. No importa: el público ya sabe que lo suyo no será elegante, sino brutal. Su boxeo no es danza sino demolición. Pura furia. El Bronx tiene su Toro Salvaje.

Diecisiete años más tarde, el mismo hombre aparece sobre otro escenario. No hay luces de neón ni público enfervorizado. Solo un puñado de espectadores aburridos lo escuchan recitar monólogos en un bar de mala muerte. Ya no es un atleta: es un cuerpo hinchado, grotesco, un recuerdo de lo que alguna vez fue. Entre un ring y un taburete han pasado casi dos décadas, pero en realidad nada ha cambiado. Jake LaMotta sigue siendo lo mismo: un perdedor de sí mismo.

El libro que lo acercó al Toro Salvaje

Esa contradicción –el hombre que alcanzó la cima y se desplomó por dentro– fue la que enamoró a Robert De Niro. En los años 70, cuando filmaba El Padrino II, devoró la autobiografía del boxeador. El libro, en verdad, era mediocre, un rejunte de anécdotas. Pero De Niro no buscaba literatura: buscaba carne. Y allí había toneladas.

Le llevó años convencer a su amigo Martin Scorsese. El director no entendía nada de boxeo, y menos ganas tenía de filmar una biografía de un golpeador de mujeres, con vínculos mafiosos y un temperamento imposible. Pero la vida, como el ring, pega donde duele. Hacia 1978 Scorsese estaba hundido: divorcios, cocaína, un fracaso de taquilla con New York, New York y un colapso físico que casi lo mata. Fue entonces cuando De Niro le tendió su cuerda salvavidas: “Marty, hagamos la historia de LaMotta”.

El guion, reescrito por Paul Schrader, despojó a Jake de toda excusa. No hay infancia miserable que lo explique ni redención que lo salve. Solo está él, devorándose a sí mismo, desconfiando de su esposa, peleando con su hermano, castigando a quien lo rodea. Como en el boxeo: no se trata de golpear, sino de aprender a resistir el dolor.

Scorsese encontró en esa historia su propio espejo. El ring estaba en todas partes: en el set, en la vida, en la adicción. “Tu enemigo más duro eres tú mismo”, admitiría después.

La transformación de Robert De Niro

El rodaje fue una odisea. Jake LaMotta, ya retirado, ofició de asesor en los combates. De Niro aprendió sus movimientos, lo imitó hasta el último tic. Llegó al extremo de romperle una costilla a Joe Pesci en una escena. Y cuando tocó mostrar al campeón en decadencia, el actor se entregó a la metamorfosis: viajó a Europa a devorar platos de pasta, helados y quesos hasta engordar 30 kilos. Cuando regresó, el productor tardó en reconocerlo. No estaba actuando a LaMotta: era LaMotta.

Scorsese decidió filmar en blanco y negro, como si las imágenes vinieran de un noticiero deportivo de los años 40. Dentro del ring, la cámara se pegaba a los boxeadores: sangre, sudor, respiraciones entrecortadas. Afuera, la sordidez de la vida cotidiana. Ni Rocky ni epopeyas del sacrificio: Toro Salvaje era lo opuesto. El boxeador no era víctima del mundo. Era parte de su propia ruina.

En 1981, De Niro ganó el Oscar al mejor actor. Scorsese, increíblemente, se fue con las manos vacías. Pero el tiempo, juez más justo que cualquier jurado, colocó la película en el lugar que merece: obra maestra, radiografía de la autodestrucción, clásico absoluto.

Jake LaMotta murió en 2017, a los 95 años. Su vida fue más larga que su gloria. Pero gracias al cine quedó inmortalizado, no como un héroe ni como un mártir, sino como lo que realmente fue: un toro salvaje que embistió siempre contra sí mismo.

 

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