La figura de Naomi Osaka creció este viernes dos palmos cuando avanzó con la antorcha olímpica en la mano y, con la misma firmeza con la que coloca su golpe de derechas junto a la línea, prendió el pebetero de los Juegos Olímpicos de Tokio, en el Estadio Nacional de la capital nipona.

La tenista japonesa, número dos de la clasificación mundial, tuvo el honor de protagonizar el momento más inesperado de la ceremonia inaugural después de haber sido en las últimas siete semanas carne de titular por motivos más oscuros.

Ganadora de cuatro torneos de Grand Slam, el último de ellos en febrero en Australia, Osaka se plantó en mayo en Roland Garros y anunció que no daría ruedas de prensa. Aludió a cuestiones de salud mental, pero le llovieron palos de igual manera. El torneo la multó y ella optó por retirarse. Llegaron más palos y ciertas acusaciones de comportarse como una diva y de querer escapar del control de la prensa, pese a ser una profesional del tenis y ganar mucho dinero.

Algunos deportistas de igual categoría que conocieron la depresión o la inestabilidad emocional, como Michael Phelps, se solidarizaron ella. También lo hizo Michelle Obama.

Osaka renunció también a Wimbledon y se apartó de los focos hasta que reapareció dos semanas antes de los Juegos y escribió un comunicado que era un alegato: “No pasa nada por no estar bien”.

Intentó así naturalizar los problemas mentales y la posibilidad de hablar de ellos sin eufemismos. Al hacerlo, podría haber salvado una vida, como comentó Phelps.

Finalmente despejó las dudas sobre su participación en los Juegos, “después de unas semanas para recargar pilas y pasar tiempo con los seres queridos”.

“He tenido tiempo para reflexionar, pero también para mirar hacia adelante”, escribió. “No podría estar más emocionada de jugar en Tokio. Unos Juegos Olímpicos en sí mismos son especiales, pero tener la oportunidad de jugar ante los aficionados japoneses es un sueño hecho realidad”, añadió, antes de saber que el público sería finalmente vetado de los estadios.

A sus 23 años, Osaka es tanto una gran deportista como un referente.

En el Abierto de Cincinnati disputado en 2020 en Nueva York, con el que el tenis volvía a la actividad tras la pandemia, la jugadora se topó de frente con el momento de mayor efervescencia del movimiento ‘Black Lives Matter’ y, además, con la detención a tiros de un hombre negro llamado Jacob Blake, que quedó gravemente herido en presencia de sus hijos.

El caso la impresionó tanto que Osaka anunció su retirada del torneo. “Antes que deportista, soy una mujer negra”, dijo en un comunicado, su habitual forma de expresarse públicamente: por escrito y sin interlocutor al otro lado de la mesa.

“No espero que suceda nada drástico si no juego, pero si puedo abrir un debate en un deporte de mayoría blanca, considero que es un paso en la dirección correcta”, añadió.

El torneo negoció con Osaka su regreso a las pistas a cambio de la suspensión de una jornada de partidos como muestra de solidaridad. Así se hizo y la japonesa llegó a la final, aunque no pudo jugarla por lesión. La federación internacional (ITF) se mostró entonces “orgullosa” de Osaka.

Ahora, en la inauguración de los Juegos, el encendido algo anodino del pebetero -una esfera que se abrió como una flor- regaló todo el protagonismo a la portadora de la llama. Su presencia era una sorpresa. Incluso el calendario de los Juegos contribuyó al despiste con la entrada y salida de la jugadora del programa de partidos del sábado.

El brazo poderoso que pone la bola fuera del alcance de sus rivales iluminó en una noche mágica para Japón los Juegos de la pandemia. Los de la incertidumbre. Para los deportistas, como para las personas emocionalmente inseguras, un momento de autoafirmación puede cambiarlo todo. El de hoy podría impulsar a Osaka hasta lo alto del podio olímpico. El domingo ante la china Zheng Saisai le espera el primer paso. EFE