En junio de 2023, veintidós waorani vieron el mar por primera vez en Manta. Bolívar Vera estaba allí, cámara en mano, registrando el asombro, el miedo y la risa frente a un horizonte desconocido. Meses después, los roles se invirtieron. Ya no serían ellos los visitantes, sino él. Bolívar viajaría al Yasuní para conocer Bameno y mirar de cerca la vida waorani. No era turismo ni aventura, sino una deuda pendiente con una historia observada desde afuera.

El viaje comenzó en la carretera. Bolívar salió desde Manta con su pareja rumbo a Shell, cruzando pueblos intermedios y un país que se vuelve más verde a cada kilómetro. Desde allí continuaron hasta El Coca. El asfalto quedó atrás y empezó otra lógica, marcada por la espera, la humedad y el sonido constante de la selva.

La lancha avanzó durante horas por el río Cononaco. A ratos había que apagar el motor para empujarla entre palizadas. A ratos, la lluvia caía con fuerza y la noche cerraba el cauce como una boca oscura. Viajar de noche no es recomendable, pero para los waorani es costumbre. Navegan sin luces, leen el río con el cuerpo y la memoria. Un error basta para volcar la canoa.

En un tramo, un tronco apareció de golpe. Bolívar encendió una linterna impermeable y la pasó hacia adelante. El choque se evitó por segundos. En el Yasuní, la fragilidad no es metáfora: es rutina.

El descanso antes de llegar al pueblo waorani

La primera noche descansaron en una casa intermedia antes de llegar a Bameno. El cansancio pesaba. Detrás de la vivienda apareció una tumba sencilla. Luego explicaron que el suicidio existe en la comunidad, que el dolor también habita la selva, aunque no siempre se nombre.

La chicha de yuca es una bebida ancestral de los waorani: cultivan y cosechan la yuca, la cocinan, la mastican y la escupen para iniciar la fermentación. Bolívar Vera

Al día siguiente continuaron río arriba y finalmente llegaron. Casas de madera, chozas tradicionales, niños descalzos, gallinas, ollas de aluminio. Bameno es una comunidad waorani contactada y atravesada por contradicciones. Hay electricidad, pista de aterrizaje y un turismo incipiente. También hay memoria de violencia, petróleo y decisiones forzadas que aún pesan.

Antes del contacto, en la segunda mitad del siglo pasado, los waorani fueron nómadas. La selva era casa, camino y refugio. La llegada de misioneros y petroleras los empujó a asentarse cerca de los ríos. El avance fue brutal y sin acuerdos. La respuesta también lo fue. En una emboscada murieron trabajadores. El mensaje fue claro.

Ese episodio marcó un límite, pero no cerró la herida. Hoy el petróleo sigue rodeando al Yasuní. Los ríos arrastran plástico. El turismo deja ingresos, pero transforma costumbres. En Bameno algunos animales viven en cautiverio y otros son alimento. La línea entre mascota y proteína es cotidiana.

La hora de la caza en la selva

Bolívar convivió con las familias. Bajo la sombra espesa de árboles centenarios y entre los meandros de los ríos vive el pueblo de Bameno. Es una comunidad de 150 waorani.

Bolívar Vera Los waorani mantienen una relación ancestral y vital con los ríos, esenciales para su supervivencia, transporte, pesca y cosmovisión.

Ellos cazan como lo han hecho siempre: con cerbatanas y lanzas, usando venenos preparados con plantas que paralizan a los animales en segundos. Aunque muchos waorani han sido absorbidos por los cambios que trajo el contacto con los misioneros y el avance del extractivismo, los waorani de Bameno siguen firmes.

La expansión de la frontera petrolera y la deforestación avanzan sin pausa. Pero, mientras el mundo parece mirar hacia otro lado, ellos resisten con lo que tienen: su memoria, su lengua, sus flechas, su selva.

Los monos araña forman parte del sustento. Bolívar fotografió sin apuro. En territorio waorani la confianza no se exige, se espera. La selva impone su ritmo.

Bolívar Vera convivió con las familias en esta comunidad. Bolívar Vera

Salir de Bameno fue volver al río durante horas. La selva quedó atrás. Entendió que el Yasuní no es una postal ni una consigna política. Es un territorio vivo y tenso. Existen comunidades que resisten con reglas propias, educación comunitaria y manejo del bosque. Otras negocian con un mundo que avanza.

En ese territorio conviven ausencias. Los Tagaeri y Taromenane, pueblos no contactados, caminan selva adentro. Bolívar regresó a Manta con imágenes y preguntas abiertas. Un próximo viaje está en carpeta para febrero, a otro lugar del Yasuní, con otro pueblo waorani.