La noche del 25 de noviembre de 1960, un carro apareció destrozado al fondo de un barranco en La Cumbre, una carretera serpenteante de la República Dominicana. El vehículo había caído más de 150 metros y su estructura no era más que un amasijo de hierros retorcidos. En el vehículo viajaban tres hermanas que eran conocidas como Las Mariposas.

La versión oficial habló de un accidente. Pero bastó observar los cuerpos para comprender que allí había algo más: Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, junto a su chofer Rufino de la Cruz, presentaban signos evidentes de golpes y estrangulación. No fue el camino el que las mató. Fue el poder.

La dictadura cruel de  Rafael Leónidas Trujillo

En aquel entonces, la República Dominicana vivía bajo el dominio absoluto de Rafael Leónidas Trujillo Molina, un dictador que durante más de treinta años gobernó con censura, espionaje y terror. El silencio era una política de Estado y la eliminación del adversario, una práctica habitual. Sin embargo, había tres mujeres que se negaban a callar.

Las hermanas Mirabal nacieron en una familia acomodada de Ojo de Agua, en la provincia de Salcedo. Recibieron una educación poco común para las mujeres de su época y crecieron con una temprana conciencia de justicia.

No tardaron en comprender que el miedo era el principal sostén del régimen. Minerva, la más combativa, rompió moldes: se convirtió en una de las primeras abogadas del país y comenzó a cuestionar abiertamente la dictadura.

El conflicto con Trujillo dejó de ser solo político y se volvió personal. En 1949, durante una fiesta oficial, Minerva rechazó las insinuaciones sexuales del dictador. Ese gesto —imperdonable para un poder sostenido en el machismo y la humillación— marcó el destino de toda la familia.

El dictador contra la familia de Las Mariposas

A Minerva se le negó la licencia para ejercer su profesión, su padre fue encarcelado y los Mirabal quedaron bajo vigilancia permanente. Como señaló la historiadora Nancy P. Robinson, el odio de Trujillo no era únicamente ideológico: era la furia de un hombre herido en su orgullo.

Lejos de retroceder, las hermanas avanzaron. Junto a sus esposos fundaron el Movimiento Revolucionario 14 de Junio, una red clandestina que denunciaba los crímenes del régimen, distribuía panfletos y organizaba células de resistencia. En la clandestinidad adoptaron un nombre que terminaría siendo leyenda: "Las Mariposas". Frágiles solo en apariencia, imposibles de atrapar del todo.

Minerva y María Teresa fueron encarceladas en varias ocasiones. Sus maridos también. Las visitas a prisión se convirtieron en rutina y en recordatorio constante del precio de la rebeldía. El 25 de noviembre regresaban justamente de uno de esos encuentros, desde Puerto Plata hacia Salcedo. Nunca llegaron.

Agentes del Servicio de Inteligencia Militar interceptaron el vehículo. Las sacaron, las golpearon brutalmente y las estrangularon con una frialdad calculada. Luego colocaron los cuerpos en el jeep y lo empujaron al vacío, convencidos de que el miedo volvería a imponerse. Pero esta vez el miedo cambió de bando.

El asesinato de las Mirabal se propagó de boca en boca, dentro y fuera del país. La farsa del accidente no engañó a nadie. Trujillo, que se presentaba ante el mundo como un supuesto defensor de los derechos de las mujeres —había promovido el voto femenino y exhibía funcionarias sin poder real— quedó completamente desnudo. Su progresismo era solo propaganda; su régimen, profundamente misógino y violento.

La última hora de Trujillo

Seis meses después, el dictador fue emboscado y asesinado. Muchos historiadores coinciden en que la muerte de las Mirabal fue el punto de quiebre: el crimen que terminó de erosionar las lealtades y aceleró el fin de una de las dictaduras más sangrientas del siglo XX.

Minerva lo había anticipado con una frase que hoy resuena como profecía: "Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte". Tenía razón. Las Mirabal no murieron aquella noche en el barranco. Se multiplicaron.

Décadas después, su legado traspasó fronteras. En honor a ellas, la ONU declaró el 25 de noviembre como el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Cada año, sus nombres vuelven a pronunciarse como recordatorio incómodo y necesario: la violencia contra las mujeres no es un hecho aislado, sino una herida estructural.

Patria, Minerva y María Teresa Mirabal siguen volando. Como mariposas. Contra el miedo.