A comienzos del siglo XXI, cuando la ciencia parecía avanzar a golpe de grandes laboratorios, equipos internacionales y titulares espectaculares, un hombre decidió caminar en dirección opuesta. Sin prensa, sin discursos y sin alfombras rojas, Grigori Perelman resolvió uno de los problemas matemáticos más complejos jamás planteados y luego desapareció.
No es una leyenda urbana ni una exageración romántica: es una de las historias más desconcertantes y fascinantes de la ciencia moderna.
En el año 2000, el Clay Mathematics Institute lanzó un desafío sin precedentes: siete problemas matemáticos considerados prácticamente irresolubles. Resolver cualquiera de ellos suponía un premio de un millón de dólares y, sobre todo, la consagración eterna en la historia del conocimiento.
Uno de los problemas resueltos
Eran los llamados Problemas del Milenio, enigmas que afectaban a campos tan cruciales como la física, la informática, la criptografía o la geometría del espacio. Durante décadas, las mentes más brillantes del planeta habían fracasado en su intento de resolverlos.
Entre todos ellos, uno destacaba por su engañosa sencillez: la conjetura de Poincaré, formulada en 1904. En apariencia, hablaba de esferas, de formas y de agujeros. En realidad, planteaba una pregunta profunda sobre la estructura misma del universo. Simplificado al extremo, el problema cuestionaba si todo objeto tridimensional que no tiene "agujeros" puede considerarse, esencialmente, una esfera. Fácil de imaginar, casi imposible de demostrar.
Durante casi un siglo, nadie logró resolverla. No por falta de intentos, sino porque demostrarla exigía comprender cómo se comporta el espacio en dimensiones que el ojo humano no puede percibir. Resolver la conjetura de Poincaré significaba, en cierto modo, tocar la arquitectura íntima del cosmos. ¿Puede el universo tener un agujero invisible? ¿Cómo se define la forma de algo que no se puede observar desde fuera?
El artículo del matemático
La respuesta llegó en 2003, desde el lugar menos esperado. No fue anunciada en una revista prestigiosa ni presentada en un gran congreso internacional. Apareció, casi en silencio, en tres artículos colgados en un repositorio digital. Su autor era un matemático ruso introvertido, austero y poco dado a las relaciones sociales: Grigori Perelman.
Nacido en 1966 en Leningrado —entonces parte de la Unión Soviética—, Perelman fue considerado un prodigio desde niño. A los 16 años ganó la Olimpiada Internacional de Matemáticas con puntuación perfecta. Se formó en instituciones de élite y trabajó en universidades estadounidenses, pero nunca se sintió cómodo en el circuito académico tradicional. Prefería el aislamiento, la reflexión profunda y una vida sencilla.
Durante los años noventa, comenzó a trabajar en silencio sobre problemas de geometría avanzada. Su principal herramienta fue el flujo de Ricci, una técnica matemática que permite "alisar" formas complejas hasta revelar su estructura esencial. Con ella, Perelman logró lo que nadie había conseguido antes: una demostración completa y rigurosa de la conjetura de Poincaré.
La comunidad matemática reaccionó con asombro y cautela. Durante años, expertos de todo el mundo revisaron cada línea de su trabajo. En 2006 llegó la confirmación definitiva: Perelman había resuelto uno de los siete Problemas del Milenio. La historia de las matemáticas acababa de cambiar.
La decisión que asombró al mundo científico
El reconocimiento fue inmediato y también el rechazo. Ese mismo año se le concedió la Medalla Fields, el mayor honor en matemáticas. Perelman la rechazó. En 2010, el Clay Institute quiso entregarle el millón de dólares prometido. También dijo que no. Rechazó, además, puestos en universidades como Princeton o Stanford.
"No quiero estar expuesto como un animal en un zoológico", declaró. "No necesito premios". Desde entonces vive en reclusión en San Petersburgo, en un modesto apartamento que comparte con su madre. No concede entrevistas, no publica y no enseña. Su vida actual es un misterio.
Hoy, más de veinte años después, la conjetura de Poincaré sigue siendo el único Problema del Milenio resuelto. Y lo fue no por un gran equipo ni por una institución poderosa, sino por un hombre solo, guiado por una ética inflexible y un amor absoluto por el conocimiento.
Grigori Perelman demostró que, a veces, el mayor acto de genialidad no es alcanzar la gloria, sino darle la espalda.