La mañana del 18 de junio de 1954 amaneció cargada de rumores, miedo y radios encendidas en Guatemala. Desde las montañas, un puñado de fuerzas armadas insurrectas, lideradas por el coronel Carlos Castillo Armas, avanzaba con una misión precisa: derrocar al presidente Jacobo Árbenz, elegido democráticamente apenas cuatro años antes.
No era una rebelión cualquiera. Detrás del ruido de los aviones y la propaganda anticomunista se movía una maquinaria mucho más grande, aceitada en Washington, Estados Unidos y lubricada con dólares bananeros.
El poder de la United Fruit Company en Guatemala
Días después, Árbenz pronunció su discurso de renuncia forzada. No habló de derrota militar, sino de intereses. Señaló con claridad a la United Fruit Company y a los monopolios estadounidenses que veían en Guatemala un peligroso ejemplo. "La verdad hay que buscarla en los intereses financieros de la compañía frutera", dijo. No exageraba.
La United Fruit Company, conocida en Centroamérica como "La Frutera" o, con más precisión, "El Pulpo", era mucho más que una empresa exportadora de bananos. Fundada en 1899, en plena expansión imperial de Estados Unidos, extendió sus tentáculos por Guatemala, Honduras, Costa Rica, Nicaragua y Colombia. Donde llegaba, no solo compraba tierras: compraba gobiernos, ferrocarriles, puertos, radios y silencios.
La empresa que tenía la tierra
En Guatemala, su poder era abrumador. Controlaba cerca del 50 % de las tierras cultivables, aunque buena parte permanecía ociosa, una estrategia deliberada para mantener a los campesinos en la miseria y obligarlos a competir por un empleo precario. Pagaba salarios en bonos canjeables solo en sus propias tiendas, manejaba el transporte ferroviario, las comunicaciones y buena parte del comercio. Era la empresa más grande del país, sin ser del país.
El negocio del banano, exótico y rentable en Estados Unidos, se sostenía en una explotación sistemática del campesinado centroamericano y en la protección directa del Estado estadounidense. Cuando los intereses de "El Pulpo" eran amenazados, Washington no dudaba.
En 1928, en Colombia, una huelga de trabajadores bananeros fue respondida con una masacre. Miles murieron. El mensaje fue claro: los monopolios no estaban solos.
En ese escenario llegó Jacobo Árbenz al poder, heredero político de Juan José Arévalo y convencido de que Guatemala debía dejar atrás su estructura colonial. Su proyecto no era comunista, aunque así lo presentaran los titulares alarmistas de la época. Era, en esencia, desarrollista: industrializar el país, modernizar el Estado y romper la dependencia de una economía primarizada y controlada desde el extranjero.
La pieza central fue la reforma agraria. Una ley ambiciosa que buscaba redistribuir tierras ociosas, fomentar una economía campesina capitalista, aumentar el crédito agrícola e introducir mejoras técnicas en el campo.
El proyecto de modernización del presidente
Las expropiaciones incluían tierras no cultivadas y establecían impuestos que, inevitablemente, afectaban a la United Fruit Company. El Estado guatemalteco ofrecía compensaciones basadas en el valor fiscal declarado por la propia empresa, cifras irrisorias que la compañía había inflado a la baja durante años para pagar menos impuestos.
Para "El Pulpo", aquello era intolerable. La reforma no solo tocaba sus ganancias, sino que cuestionaba su dominio. En plena Guerra Fría, la etiqueta de "comunista" fue el arma perfecta. La CIA organizó la desestabilización, financió a Castillo Armas, lanzó operaciones psicológicas y convenció al mundo de que Guatemala estaba al borde de convertirse en una amenaza roja en el continente.
El golpe triunfó sin una gran batalla. Árbenz, aislado y presionado, renunció. Lo que siguió fue una larga noche: gobiernos militares, represión sindical, persecución política y la restauración del poder de los monopolios. Guatemala se convirtió, una vez más, en lo que despectivamente se llamó una "Banana Republic": un país dependiente, monocultivo, con su economía al servicio de intereses extranjeros.
Décadas después, en 1999, el presidente Bill Clinton pidió disculpas por la participación de Estados Unidos en la desestabilización guatemalteca. Fue un gesto tardío y simbólico. Para entonces, el daño estaba hecho. El experimento democrático y reformista había sido aplastado, no por una revolución, sino por el peso de un racimo de bananos y un imperio decidido a protegerlos.
El 18 de junio de 1954 no solo cayó un gobierno. Cayó la posibilidad de que Guatemala eligiera su propio destino.