Rosa Bailón estuvo hasta los 12 años de edad en primer grado sin lograr leer ni escribir. Su relación con la escuela nunca fue amable. En su niñez, aprender significaba dolor.
El aula era un espacio hostil: el sonido de la regla golpeando las manos, la amenaza constante y los gritos de los profesores la paralizaban. "Yo no aprendía porque tenía terror", recuerda hoy, a sus 70 años. Los castigos físicos eran frecuentes para quienes no sabían, y ella no sabía. Su madre también era analfabeta; su padre, no. En casa no había quien la defendiera de esa idea que fue creciendo dentro de ella: "yo soy una burra".
Cuando sus padres decidieron sacarla de la escuela, a los 12 años, Rosa sintió alivio. Dejó los cuadernos, pero no la vergüenza. A los 17, al prepararse para casarse, entendió que debía firmar un acta en el Registro Civil. Empezó a practicar su nombre como pudo. Luego llegó el embarazo y, más tarde, el llanto de su hijo frente a las tareas escolares. "¿Cómo lo iba a ayudar si yo no sabía?", se preguntó.
El regreso de Rosa a la escuela
Esa duda fue el punto de quiebre. Embarazada de su segundo hijo, Rosa se matriculó en la escuela nocturna junto a una amiga que tampoco sabía leer ni escribir. Estudió hasta tercer grado en la escuela República de Chile, en Manta. Aprendió despacio, sin golpes ni gritos. Hoy puede leer y escribir, y eso cambió su manera de mirarse.
Su historia dialoga con una realidad aún presente en Ecuador. En plena era digital, 472.228 personas adultas no saben leer ni escribir. El analfabetismo —definido como la condición de personas mayores de 15 años que no saben leer ni escribir, o que solo saben una de las dos cosas— se concentra sobre todo en zonas rurales, donde alcanza el 11,1 %, frente al 3,6 % en áreas urbanas. Chimborazo, Cañar y Cotopaxi registran las tasas más altas.
El miedo como mala consejera
La neurociencia explica parte de la historia de Rosa: un cerebro que aprende es un cerebro que se siente seguro. El miedo bloquea; el acompañamiento abre caminos. Para escribir, antes hay que trabajar la motricidad, la percepción del trazo y el significado de lo que se expresa. A Rosa nunca le enseñaron eso de niña.
Donde sí encontró libertad fue en la música. Desde joven aprendía canciones escuchando la radio. Hoy asiste desde hace tres años a clases de canto en el Seguro Social de Manta. Canta en cumpleaños, fiestas de jubilados y reuniones del barrio. No le da vergüenza. Tiene cuatro hijos; todos saben leer y escribir. Y cuando Rosa canta, su voz parece decir lo que las letras ya no necesitan explicar.