En un estudio de Santo Domingo, mientras la aguja avanza sobre la piel, el tatuaje se explica mejor como oficio: aprendizaje largo, costos reales y decisiones que no admiten marcha atrás.
La diferencia entre Quito y Santo Domingo
El estudio está lleno de color. En las paredes conviven bocetos, dibujos propios y máscaras de la diablada de Píllaro, un regalo de un amigo que hoy forma parte del paisaje cotidiano. No es decoración al azar: el lugar habla de trayectorias, de viajes, de influencias culturales. Allí trabaja Miguel Fabricio Proaño, con casi 21 años de ejercicio profesional en el tatuaje.
Proaño no nació en Santo Domingo. Llegó desde Quito hace 13 años, cuando la ciudad ya mostraba un crecimiento acelerado y una fuerte migración interna.
Antes de eso, abrió su primer estudio en la capital en 2005. El traslado no fue sencillo: el recuerdo que tenía de Santo Domingo era el de una ciudad pequeña, muy distinta a Quito. "Había una diferencia abismal", recuerda. Sin embargo, la acogida fue rápida. En ese momento era visto como "el tatuador de la capital" y el estudio empezó a crecer al ritmo de una ciudad que también cambiaba.
Tatuador, un oficio que no se borra
El tatuaje no empezó como profesión. Proaño tatuó por primera vez a los 14 años, cuando aún estaba en el colegio. El interés nació antes, siendo niño, al conocer a un mochilero tatuado en Baños. Aquella imagen —pelo largo, tatuajes, otra forma de pararse frente al mundo— lo marcó. Más tarde, ese mismo personaje le mostró cómo tatuarse a sí mismo. No hubo escuela, ni guía formal. El aprendizaje fue empírico.
En los años noventa, tatuarse significaba quedar fuera. "Si tenías un tatuaje, eras delincuente o estabas en malos pasos", dice. El tatuaje era un símbolo de rebeldía, muy ligado al rock pesado y el heavy metal, música que marcó a una generación.
Con el tiempo, la televisión y los realities internacionales ayudaron a cambiar la percepción: artistas, deportistas y profesionales mostraron tatuajes sin que eso significara marginalidad.
Aun así, el estigma no desapareció. Hoy, con el contexto de violencia en Ecuador, el tatuaje vuelve a ser asociado a grupos delictivos. "Estamos otra vez en el ojo del huracán", afirma. Para él, la diferencia es clara: no es lo mismo estar tatuado que estar bien tatuado.

Competencia, precios y riesgos del tatuaje
Cuando Proaño empezó en Quito, había menos de 30 tatuadores en toda la ciudad. Hoy, solo en Santo Domingo existen alrededor de 10 estudios profesionales, además de muchos espacios informales. La oferta creció y los precios bajaron. Antes, el costo mínimo rondaba los USD 60; hoy, en muchos casos, se cobra USD 50 como base.
El precio, explica, no es solo por el dibujo. Incluye bioseguridad, insumos de calidad, pigmentos orgánicos, mesas de trabajo desechables y experiencia. "Hay gente que viene y dice: me costó 20 dólares, ¿por qué aquí es más caro?".
La respuesta está en el proceso y en el riesgo. Un tatuaje mal hecho puede generar infecciones, alergias o cicatrices permanentes.
Los trabajos grandes se realizan por sesiones. Proaño cobra USD 350 por sesión, de seis a siete horas. Un brazo completo puede tomar cinco o seis sesiones, dependiendo del detalle. Trabajar más tiempo seguido puede dañar el tejido. "La piel es un órgano vivo; si la sobretrabajas, el tatuaje no sana bien".
El tatuaje sin moda
No todo pedido se acepta. Proaño evita tatuajes de moda en jóvenes muy jóvenes: cuello, manos o rostro. "Eso puede truncar una vida laboral", señala.
En su ética, el tatuaje debe tener significado. Cuenta que hace años tatuó decenas de veces el mismo diseño popular. Hoy lo usa como ejemplo: la probabilidad de encontrarse con alguien con el mismo tatuaje es alta. "Me gusta ver gente tatuada, no gente con los mismos diseños".
Fujin y Raijin: tatuar un vínculo
El el momento de la entrevista, Proaño tatuaba a su hermano. No era un diseño cualquiera. En la espalda tomaba forma Fujin, el dios japonés del viento, que porta una bolsa de la que emergen las corrientes. En la mitología japonesa, Fujin y Raijin, dios del trueno, son hermanos. Cuando se enfrentan, se desatan las tormentas. Según la leyenda, en su lucha crearon el mundo.
El proyecto es compartido: cada hermano llevará uno de los dioses. Proaño tatúa a su hermano a Fujin; otro llevará a Raijin. "Somos tres hermanos, dos de ellos se van a tatuar", explica. El tatuaje no es solo imagen, es relato, vínculo familiar y cultura trasladada a la piel.
Viajar, enseñar el oficio del tatuaje y seguir
El tatuaje permitió viajar. Proaño trabajó en Colombia y Perú, participó en convenciones y desarrolló una marca de cuidado del tatuaje con la que ha patrocinado talleres, seminarios y encuentros. También comparte conocimiento: cuando llegó a Santo Domingo, enseñó a otros, que luego enseñaron a más. Así creció la escena local.
A pesar de la experiencia, se define como eterno aprendiz. Dibuja todos los días. "Si no hay que tatuar, hay que dibujar". Sabe que siempre aparecerán nuevos talentos. "Mañana amanecen dos tatuadores que nos sacan del juego", dice sin dramatismo. Por eso, aprender es parte del oficio.
El tatuaje, en Santo Domingo y en Ecuador, sigue creciendo entre aceptación y prejuicio. Es arte, es trabajo y es decisión permanente. La aguja se detiene, la tinta queda. Y con ella, la historia de un oficio que no se borra.