Cada año, entre junio y octubre, el mar frente a Puerto López, en Manabí, se transforma en el escenario de uno de los espectáculos naturales más impresionantes del planeta: la llegada de las ballenas jorobadas. Saltos, aletazos y cantos ancestrales atraen a miles de turistas, fotógrafos y científicos. Sin embargo, detrás de la postal turística existe una historia mucho más profunda, vinculada al equilibrio ecológico del océano y al futuro ambiental del planeta.

Las ballenas jorobadas realizan un viaje épico desde las frías aguas de la Antártida hasta las cálidas costas de Ecuador. Este trayecto, de más de 7.000 kilómetros, tiene como objetivo la reproducción y el alumbramiento de sus crías.

Para el biólogo marino Iván López, las ballenas no son solo un atractivo económico, sino actores clave en la lucha contra el cambio climático. Su importancia trasciende la admiración estética. Estos gigantes del mar cumplen funciones ecológicas fundamentales que aún son desconocidas para gran parte de la población.

Las ballenas y su contribución con el clima

Las ballenas son grandes captadoras de carbono. A través de su alimentación, absorben enormes cantidades de este elemento que, de otra forma, permanecería en la atmósfera contribuyendo al calentamiento global. En este sentido, cumplen un rol similar al de los manglares: actúan como sumideros naturales de carbono, ayudando a regular el clima del planeta, señaló López.

Pero su aporte no termina ahí. Las heces de las ballenas, ricas en hierro y otros nutrientes, fertilizan los océanos. Este proceso estimula el crecimiento del fitoplancton, microorganismos responsables de una parte significativa de la producción de oxígeno del planeta. De hecho, el océano produce más oxígeno que los bosques terrestres, un dato que suele sorprender incluso a quienes se consideran ambientalmente informados.

Las migraciones de las ballenas también cumplen una función esencial. Al desplazarse miles de kilómetros, redistribuyen nutrientes y carbono a lo largo del océano, conectando ecosistemas distantes y manteniendo la productividad marina. Sin ballenas, los mares serían menos fértiles, menos productivos y menos capaces de sostener la vida.

Puerto López y su oportunidad

Puerto López, reconocido como uno de los mejores lugares del mundo para el avistamiento de ballenas, tiene en sus manos una oportunidad invaluable. Sin embargo, como advierte López, el turismo debe ser ordenado, regulado y basado en el conocimiento científico. No todos los ecosistemas pueden soportar el mismo nivel de intervención humana, ni todas las actividades son compatibles con la conservación.

El turismo de naturaleza, bien gestionado, puede convertirse en una poderosa herramienta de educación ambiental. Cada visitante que comprende el rol de las ballenas se transforma en un aliado de su conservación. Pero cuando el avistamiento se realiza sin normas claras, sin control de embarcaciones o sin respeto por los ciclos biológicos, el impacto puede ser negativo.

El desafío, entonces, es equilibrar desarrollo y conservación. Zonificar espacios, regular actividades y educar tanto a operadores turísticos como a visitantes es fundamental. Las ballenas no necesitan solo admiración; necesitan respeto.

La protección de las ballenas

En un contexto de crisis climática global, proteger a las ballenas es protegernos a nosotros mismos. Cuidar el mar no es un discurso romántico, es una estrategia de supervivencia. Como recuerda López, limpiar la superficie del océano, reducir la contaminación y proteger sus especies es garantizar que la fotosíntesis marina continúe proporcionando oxígeno al planeta.

Puerto López no es solo un destino turístico. Es un aula abierta, un laboratorio natural y un recordatorio de que el futuro del planeta también se juega en el océano. Cuando comprendamos verdaderamente la importancia de las ballenas, dejaremos de verlas solo como espectáculo y comenzaremos a defenderlas como lo que son: guardianas silenciosas del equilibrio de la Tierra.