El mar no estaba en sus mapas. Tampoco en sus recuerdos ni en sus sueños. Para los waorani de Bameno, comunidad asentada en el corazón del Yasuní, el mundo terminaba donde el río se volvía selva cerrada. Por eso, cuando el sábado 24 de junio de 2023 un grupo de 22 hombres, mujeres, niños y ancianos pisó por primera vez la arena de Manta, algo se quebró suavemente en su manera de mirar el mundo.
Venían de la Amazonía profunda, donde el agua es dulce, oscura y conocida. El océano, en cambio, era otra cosa: inmenso y ruidoso. "Un río muy grande", decían algunos, todavía sin palabras para nombrarlo. Otros simplemente se quedaron quietos, mirando el horizonte. Luego se animaron a entrar al agua y llegó la segunda sorpresa: el mar era salado.

Un viaje de amistad con los waorani
El viaje fue posible gracias a Manuel Avilés, fotógrafo guayaquileño, veterano de mil caminos, exmisionero salesiano y amigo cercano de la comunidad. Avilés conoce Bameno desde hace más de veinte años. No fue un vínculo fácil ni inmediato. En territorio waorani, la desconfianza es una forma de supervivencia, y la confianza se construye con tiempo y respeto.
Al inicio iban a ser pocos los que harían el viaje al mar. Al final, se subieron todos los que pudieron. La curiosidad venció a la distancia y al miedo.
Antes de llegar a la Costa manabita, el grupo pasó por Guayaquil. Se subieron por primera vez a la Aerovía y cruzaron el río Guayas desde el aire. Caminaron por el Malecón, observaron parques, gente y edificios. Todo era nuevo, pero el verdadero destino los esperaba más al norte, en Manta y luego en Canoa, durante los días 24 y 25 de junio de 2023.

En Manta, la playa de San Lorenzo fue el escenario del encuentro decisivo. Allí, bajo el faro, los waorani tocaron el mar. Algunos retrocedieron cuando las olas los alcanzaron. Otros rieron. Nunca antes se habían bañado en el océano. Nunca antes habían visto una ola romper con tanta fuerza.
Entre ellos estaba Miñiwa, el chamán. Anciano respetado, guardián de la memoria, observaba en silencio. Meses después fallecería, pero ese día quedó inmortalizado mirando el horizonte, con el mar frente a él como un misterio final.
Bolívar Vera fue quien tomó las fotografías de ese instante irrepetible. Sus imágenes capturaron más que un viaje: registraron un cruce de mundos. La selva frente al océano. El tiempo ancestral frente a la modernidad. La curiosidad sin filtros.
Un recorrido por el mar
Hubo más experiencias. Subieron a un bote y navegaron mar adentro. Visitaron un restaurante. Compartieron con gente local. En un momento, mientras se bañaban, una ballena saltó a lo lejos. El susto fue inmediato: salieron corriendo del agua. Luego llegaron las risas. El miedo, también, se aprende.
Luis Bahiua, uno de los waorani, lo resumió con sencillez: fue una experiencia linda. No turística, no exótica. Humana. Por primera vez, un grupo tan numeroso salió de la selva no para protestar, negociar o defender su territorio, sino simplemente para conocer, para descansar, para mirar.
Los waorani son conocidos por su historia de aislamiento y resistencia. Guardianes de la selva, cazadores y pescadores, marcados por el choque brutal con el mundo petrolero desde la década de 1950. Algunos grupos siguen en aislamiento voluntario. Otros, como los de Bameno, caminan una línea frágil entre la tradición y el presente.
Ese fin de semana en Manta no resolvió nada de fondo. No cambió su destino ni el de la Amazonía. Pero abrió una ventana. Mostró que también hay lugar para el asombro, para el viaje sin agenda, para el encuentro sin violencia.

Nunca más han vuelto al mar. Hasta hoy, son los únicos de su comunidad que lo han visto. El océano quedó atrás, pero la experiencia permanece intacta en la memoria colectiva de Bameno, como una historia que se cuenta y se vuelve a contar.
Tiempo después, Bolívar Vera viajó a la comunidad waorani. Fueron más de 18 horas entre carreteras y ríos para llegar al corazón del Yasuní. Lo que vio allí, lo que escuchó y lo que comprendió pertenece a otro viaje. Una historia distinta, que aún espera ser narrada.
